Así escapó Ana Belén al destino de niña prodigio tipo Marisol: un gran fracaso acabó convirtiéndola en estrella pop, mito del cine y diosa erótica en los 70

La vida de las estrellas, de las grandes estrellas, esconde momentos clave en los que el destino jugó un papel determinante en el camino hacia el triunfo. Puede ser un encuentro fortuito con la persona indicada, un casting que gira a favor o una suplencia que arrasa. En el caso de Ana Belén, no queda más remedio que reconocer que tuvo la suerte de su lado justo en los inicios de su carrera, cuando las artistas son aún una ‘tábula rasa’ en la que productores, directores y managers puede imprimir estilo y dirección.

Da incluso escalofríos pensar lo que podría haber sido de Ana Belén de no ser tan afortunada: era muy, muy joven cuando comenzó con los concursos de radio y los castings. Recordemos: en ‘Los niños prodigio del cine español’, se cuenta cómo el coreógrafo de Pili y Mili les ofrecía ‘pastillitas’ para el cansancio cuando las niñas pedían un descanso en los rodajes. Los abusos que tuvo que soportar Marisol mejor ni recordarlos.

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María del Pilar Cuesta Acosta, Mari Pili aún, se presentó con solo 11 años al concurso radiofónico que presentaba Bobby Deglané en Radio España. Los productores buscaban incansablemente la próxima Marisol o el nuevo Pablito Calvo, niños prodigio que encandilaron las últimas décadas del franquismo. Ana Belén pudo ser la última generación de niñas prodigio, justo por detrás de Rocío Dúrcal o Pili y Mili. De hecho, fueron los productores de Rocío Dúrcal los que acudieron a la radio, donde cantaba a diario, para ficharla. Necesitaban nuevas caras juveniles para el cine de los 60 y Mari Pili, con 13 años, mostraba un dominio de la voz y el escenario fuera de lo común. “Mírenla, hija de una portera y parece que su madre fuera la duquesa de Alba”, comentaba Deglané.

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La vida profesional y personal de las jóvenes estrellas del cine musical, hoy lo sabemos, no era nada fácil. A la edad de ir a clase, divertirse con los amigos y vivir la adolescencia paso a paso, se enfrentaban a jornada de trabajo extenuantes, muchísima presión para responder a la inversión que requerían giras y películas y no pocos abusos de poder, económicos e incluso abusos sexuales. Además, el control sobre sus vidas por parte de managers, productores y empresarios era enorme.

Ana Belén estaba llamada a vivir la experiencia completa de la niña prodigio en la maquinaria implacable del negocio cinematográfico. De hecho, su primera película, ‘Zampo y yo’, debía convertirla en la nueva Rocío Dúrcal. Tanto confiaban en el filme, que ya estaban previstas las películas que haría a continuación para confirmar su estatus de estrella y vender butacas, discos y merchandising. Pero sucedió lo inesperado: ‘Zampo y yo’ fue un desastre.

“Quizá es que el país necesitaba llorar y encontró en los niños una forma de soltar el lagrimón, sintiéndose al mismo tiempo muy contento con la infancia tan maravillosa que tenían” apuntó Ana Belén en una entrevista sobre sus comienzos, sin esconder el alivio que a la larga le produjo no ser una de esas niñas. “Tuve la suerte de que ‘Zampo y yo’ no tuvo tanto éxito, pero me hubieran hecho daño también como lo hicieron con todos los demás”, aseguró.

En el momento, eso sí, la decepción fue tremenda: su sueño juvenil de ser una estrella de cine quedó liquidado y se plantó en 1966 con solo 15 años y un desastre de taquilla a sus espaldas que obligó a los productores a romper los proyectos de futuro con ella. Alguien, sin embargo, se había fijado en él: Miguel Narros, entonces figurinista y a la postre reputado director teatral, que dirigía una escuela de interpretación. Y allí recaló la joven Ana Belén.

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“Si Miguel no hubiera aparecido en mi vida, yo habría seguido haciendo un cine de mamarracho y probablemente hubiera tenido que retirarme al llegar a la edad adulta o me habrían retirado los demás”, ha reconocido Ana Belén. “Él fue mi segundo padre, la persona que se empeñó, como hacen los buenos maestros, con guante de seda, en que yo creciera intelectualmente”.

En ‘Desde mi libertad’, la biografía escrita por Miguel Ángel Villena, Narros la recuerda como “una chica tristona, pensativa y reconcentrada, a diferencia de Marisol o de Rocío Dúrcal que se mostraban mucho más expansivas. Ana tenía una luz, una magia distinta a la de la mayoría. Los intérpretes se pueden formar y pueden llegar a actuar correctamente. Ahora bien, para alcanzar la cumbre has de tener una sabiduría que Ana atesoraba desde niña. Hay que recordar que, a pesar de ser una chavala de barrio y autodidacta, sabía lucir un vestido o un maquillaje”.

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Lo que vino después es historia de cine español: pequeñas obras del repertorio clásico (Lope de Vega, Shakespeare, Moratín) y, a los 19 años, una nueva película, ‘Españolas en París’, sobre el exilio forzoso de jóvenes mujeres que iban a trabajar a Francia, que la llevó a rodar en la capital francesa en 1970, con 19 años. Dos años después le llegaría el guión de ‘Morbo’, el filme de Gonzalo Suárez que la emparejó ya para el resto de su vida con el cantautor Vítor Manuel. El romance la propulsó definitivamente al estrellato, pues su historia de amor aterrizó en toda la prensa del corazón como un enganche más que deseable con las nuevas generaciones.

Así lo recodaba en su biografía: “El rodaje de ‘Morbo’ se terminaba y no había forma de seducir a Víctor, de llevárselo al huerto. Yo tomé la iniciativa porque me gustaba muchísimo. Cenando una noche y un poquito borracha empecé con la cantinela de que el rodaje se iba a acabar, de que igual no nos volveríamos a ver. Al final cayó, pero me costó un huevo”. Él concuerda: “Estaba dispuesta a todo. Y yo me dejaba. Ya no nos separamos desde ese septiembre de 1971”.

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