Campechana como el rey Juan Carlos I, divertida y cercana: cómo la infanta Elena ha pasado de ser la alegría de la Casa Real a un personaje en el exilio mediático

Hace 57 años llegaba al mundo en Madrid Elena María Isabel Dominica de Silos de Borbón y de Grecia, es decir, la infanta Elena. La primera hija fruto del matrimonio de los reyes eméritos. De ella dicen los que la conocen que es digna heredera del espíritu campechano del que siempre hizo gala su padre. Sin embargo, con el paso de los años (y los escándalos) la actitud transparente, divertida y cercana de Doña Elena ha ido apagándose hasta el punto de llegar casi a extinguirse.

Pocos recuerdan ya aquellas imágenes en las que la hermana, futura duquesa de Lugo, del ahora rey Felipe VI que lloraba a moco tendido (no hay manera mejor de definirlo) al ver al heredero al trono portar la bandera de España en la gala inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Unas imágenes que dejaban claro que Doña Elena no se avergonzaba de dejar fluir sus emociones, aun sabiendo que las cámaras se encargarían de hacerse eco de este momento tan humano.

Sin embargo, los estrictos protocolos con los que cuentan las casas reales han hecho que muchos de sus miembros sean tachados de fríos. Una frialdad que no corría por las venas de Doña Elena ya que siempre tuvo palabras amables con la prensa, incluso cuando la acribillaban a preguntas cuando se anunció que pasaría por el altar con Jaime de Marichalar. Tras haberse conocido en París en 1987, la pareja comenzó una discreta relación años más tarde que culminó con una preciosa boda en la catedral de Sevilla el 18 de marzo de 1995.

Un enlace en el que la novia volvía a demostrar su naturalidad al olvidar mirar a su padre cuando en un momento de la ceremonia esta debía pedir permiso para contraer matrimonio con su esposo. Un divertido descuido que hizo las delicias de crítica y público. Como también lo fue el cambio de estilo que experimentó la infanta Elena al convertirse en duquesa de Lugo tras su boda con Jaime de Marichalar.

Su espectacular pamela en la boda de su hermana la Infanta Cristina con Iñaki Urdangarín o el vestido de inspiración goyesca que lució en el ‘sí, quiero’ de la princesa Victoria de Suecia la encumbraron al olimpo de las ‘royals’ mejor vestidas. Sin embargo, mientras de cara a la galería todo eran luces, las sombras dominaban su vida personal.

Su matrimonio con Jaime de Marichalar hacía aguas y en noviembre de 2007 la Casa Real Española lanzaba un comunicado anunciando que la pareja estaba atravesando “una separación temporal de mutuo acuerdo”, pero que esta situación no sería necesariamente permanente. Mucho se habló de esta separación temporal, ya que suponía todo un hito en la monarquía española que nunca se había enfrentado a algo así. Como bien auguraron algunos, dos años más tarde, los abogados de ambos anunciaban que el divorcio era un hecho.

Fue ahí cuando la infanta Elena se mostró mucho más celosa en cuanto a su vida privada y protagonizó algún que otro encontronazo con la prensa. Además, el hecho de que Froilán, su primogénito, estuviese todos los días en boca de los medios por su carácter rebelde y su poco gusto por los estudios, hizo que Doña Elena se recluyese aún más.

Por no hablar de que los posteriores escándalos protagonizados por el marido de la infanta Cristina y por su propio padre, el actual rey emérito, han hecho que la infanta Elena haya decidido vivir una vida más propia de alguien por cuyas venas no corre sangre azul. Una gran pérdida dado que la infanta Elena siempre fue vista como la más ‘normal’ dentro de la Casa Real española y podría haber servido de nexo entre la corona y el pueblo.

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