El sultán de Brunéi y una azafata desaparecida: la vida privilegiada y absolutista de los padres del fallecido príncipe Azim

Brunéi es una minúscula nación de menos de medio millón de habitantes en la isla de Borneo. Dos trozos de tierra que comparten frontera con Malasia. Su monarca es el sultán de Brunéi, Hassanal Bolkiah. Y su primer ministro con poderes absolutos también es Hassanal Bolkiah, el sultán, convirtiendo a la nación en uno de los escasísimos países del planeta que aún cuentan con un monarca absoluto. Hassanal también es el líder de la fe islámica en su país, el comandante supremo de las Fuerzas Armadas y uno de los mayores beneficiarios de la gran fortuna del país: más de un billón de barriles de petróleo en su territorio y sus aguas, que convierten a la nación en el tercer máyor exportador de la región, a razón de 180.000 barriles diarios.

Una fortuna que convierte a Hassanal en uno de los hombres más ricos del mundo (y durante mucho tiempo en el hombre más rico a secas), hoy estimada en torno a los 18.000 millones de euros, menos de la mitad de lo que un día fue. Pero con la que ha mantenido un estilo de vida en el que las grandes estrellas iban a cantarle a su palacio infinito, tres matrimonios (del segundo nacieron cuatro hijos, uno de ellos el príncipe Azim, recién fallecido a lo 38 años) y 12 hijos.

De los tres matrimonios en un país que permite la poligamia y el divorcio, sólo la reina consorte, su prima carnal Pengiran Anak Saleha, sigue siendo su mujer. Se casaron en 1965, en un matrimonio concertado, cuando él tenía 19 años y faltaban dos para su ascenso al trono. Su segunda mujer, Hajah Mariam, era una azafata de la línea aérea nacional de Brunéi, que entre 1982 y 2003 vivió como una reina, y luego se quedó sin nada (una nada muy relativa, en el caso de los ciudadanos de Brunéi). La tercera fue Azrinaz Mazhar, periodista televisiva, y durante un tiempo, sólo los rumores afirmaban que había dejado su empleo, con 26 años, para casarse con el monarca, de 58 años, en 2005. El matrimonio había existido, sí: se casaron en Malasia, en un palacio fuera de Brunéi pero que pertenece al sultán, y estuvieron cinco años juntos antes de divorciarse otra vez. A Hassanal no se le ha vuelto a conocer otra relación estable.

El estilo de vida de Hassanal, que lleva en el poder 53 de sus 74 años, es cualquier cosa menos frugal. Tampoco nadie podría decirle nada en su país: la Constitución del antiguo protectorador británico –Brunéi es independiente desde 1984–, en su artículo 84, también sostiene que todos los actos del sultán son correctos ante la ley, que no puede ser juzgado y que nada de lo que haga personal u oficialmente es sancionable. Aunque sus hijos y sus hermanos son vividores internacionales, el monarca ha perdido la pasión por salir del sultanato, dejando atrás unos años mozos en los que los casinos de Londres se secaban las lágrimas de alegría con los millones que el sultán y su hermano se dejaban en cada escapada juvenil.

Tampoco hace falta viajar a menudo cuando puedes traer a los mejores chefs, los mejores peluqueros, las mejores joyas, o los mejores deportistas del planeta para que cumplan tus caprichos, ya sea un concierto privado o que el golfista Jack Nicklaus te diseñe una pista de golf en terreno palaciego, a tiro de piedra de tu zoológico repleto de tigres y otras zonas que el resto de ciudadanos sólo pueden visitar en la fiesta nacional, como un parque temático de las monarquías (ah, sí, Brunéi tiene un museo sólo para los juguetes excesivos que el sultán se ha hecho construir en estas décadas: joyas, carrozas, armas ceremoniales….). Todo, en el mayor palacio del planeta, el Istana Nurul Iman, que fue terminado el año de la independencia del país y que cuenta con 1.788 habitaciones en sus 17 plantas, con 257 baños, y un sinfín de garajes donde se reparte parte de su colección, que un día superó los 5.000 millones de dólares. Coches que su hermano Jefri, hoy caído en desgracia, fue comprando sin control, aprovechando que la fortuna nacional y la de los Bolkiah era la misma cosa.

Jefri es un buen ejemplo de cómo se ha conducido el sultanato: ministro de petróleo durante 12 años, puesto a dedo por su hermano, también era el responsable de inversiones en el extranjero del país. Inversiones de las que desfalcó casi 14.000 millones de euros en beneficio de una sola persona: Jefri. La caída en desgracia fue entregar casi todas sus posesiones a la nación –incluyendo hoteles de superlujo en varios países– a cambio de no perder la residencia y no ir a la cárcel. La ciudadanía en Brunéi es importantísima.

Algo que se entiende en la propia línea de sucesión: Hassanal llegó al poder en 1967, con 21 años, sucediendo a su padre, y a su abuelo y a todos sus antecesores hasta el siglo XIV. Hasta que el quinto sultán de Brunéi, Bolkiah, que sus descendientes siguen usando como patronímico, accedió al trono. Aquel Bolkiah convirtió a Brunéi en una superpotencia en el archipiélago malayo, y desde entonces sus descendientes han tratado de seguir su ejemplo.

Hassanal no lo tiene fácil en su vejez: en los últimos años ha tenido que lidiar con la presión regional de China, que ve en el sultanato una presa fácil –aunque su diplomacia de regalos y megaconstrucciones no funciona muy bien en un país donde la mano de obra más barata se paga a más de 20 euros la hora, la jubilación media supera los 3.000 euros al mes y las personas físicas no pagan impuestos– y con las pequeñas crisis en el precio del petróleo, que es la base de toda la economía del sultanato.

Pero con 21, acompañado de esa Constitución de 1959, y coronado en una ceremonia que fue fiesta nacional, las cosas eran distintas. Hassanal era un sultán vividor, viajero, que no había terminado sus estudios civiles ni militares en las grandes academias inglesas (algo por lo que quizás colecciona con avidez doctorados honoris causa en medio planeta). Una vida que ha exprimido al máximo: en 1992, el año en el que nuestro actual rey Felipe caminaba por el Estadio Olímpico de Barcelona portando la bandera de España en los Juegos Olímpicos, Bolkia celebraba su jubileo de plata, subido a una enorme carroza de oro de la que tiraban docenas de personas.

En los últimos años, su apacible vida sólo se ha visto sacudida por el rechazo internacional: el sultán trató de aplicar la ley islámica al país hace un año y medio, una sharia que implicaba la pena de muerte para las personas LGBT y que también ponía en grave riesgo a ese 20% de la población que no es malaya y musulmana –dos requisitos desde el siglo pasado para cuaquier trabajo en el Gobierno, por ejemplo– o que no tiene la ciudadanía, que se reparte con cuentagotas. El clamor internacional, liderado por Michelle Bachelet desde las Naciones Unidas y George Clooney desde el bando de las voces famosas comprometidas, hizo que el sultán reculara. A medias: la ley sigue vigente, pero el sultán prometió que “no se aplicaría”. Un poco a la alturas de sus últimas promesas políticas para el país: en 2014 prometió en enmiendas constitucionales la introducción de reformas democráticas –¡elecciones parciales!, ¡partidos políticos!– que todavía no se han llevado a la práctica.

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