La redención de Britney Spears: está incapacitada legalmente para conducir, controlar su fortuna o cuidar de sus hijos, pero Donald Trump tiene la clave para liberarla

Fue la princesa del pop, con dos discos que hace 20 años la convirtieron en estrella global vestida de colegiala con coletas. El éxito, sin embargo, la devoró. Su historia de vida es muy parecida a la de otras grandes artistas fagocitadas por la presión, la adicción, sus familiares o parejas y una vulnerabilidad que, probablemente, es la clave de su sensibilidad artística: Judy Garland, Nina Simone, Amy Winehouse… El 16 de febrero de 2007, frente a las decenas de paparazzis que la seguían cada día, Britney Spears entró en una peluquería y se rapó el pelo hasta quedar calva. Su mirada perdida y fotografiada mil veces expresa la crueldad de la industria con sus estrellas: la explotación de Britney era absoluta. Las agencias de fotos estimaron en aquel momento que el 20% de su actividad se la debían a ella.

A finales de 2007, la situación de Britney Spears no podía ser más paradójica: perdió la custodia de los dos hijos que tuvo con Kevin Federline, bailarín en el equipo de Justin Timberlake, novio primero de la cantante; sin embargo, su disco “Blackout” se convirtió en superventas mundial y fue aclamado por la crítica como su mejor obra. Tras varios ingresos en instituciones mentales, su padre, Jamie Spears, logró su incapacidad en un tribunal en 2008: pasó a tutelar su vida y su fortuna (60 millones de dólares en 2018). En su momento afirmó que su hija sufre una especie de “demencia prematura”, un eufemismo por una enfermedad de la que no se sabe nada, aunque en las últimas semanas se ha filtrado que los médicos tienen que ajustar constantemente su medicación porque esta deja de hacer efecto. En 2019, la tutela legal de Britney pasó de su padre a manos de la manager de Britney, Jodi Montgomery, y ahora es su madre, Lynne Spears, la que aspira a controlar su cuentas.

Britney no es capaz de controlarse a sí misma ni a sus relaciones con los demás, no puede conducir, pasear sola, ver a sus hijos, ir de compras, casarse, hablar de sus circunstancias… Sin embargo, sigue trabajando y produciendo beneficios millonarios: ha grabado cuatro discos, ha actuado durante cuatro años en un casino de Las Vegas, ha sido jurado del programa “Factor X”… En 2012, Forbes la señaló como la cantante mejor pagada del año, con ingresos de alrededor de 58 millones de dólares. Su madre, Lynne Spears, no se explica cómo una persona tan dañada mentalmente como para no poder conducir su propia vida puede mantener una vida laboral tan provechosa. Además, reveló que fue ingresada tres meses en una clínica por salir a por una hamburguesa con su novio sin permiso. Fue en enero de 2019.

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Lynne Spears es una de las personas próximas a Britney que apoya el movimiento de fans #FreeBritney, que no deja de denunciar la extrañísima situación de la diva del pop. También lo hacen famosas como Miley Cyrus, Cher, Paris Hilton o Rose McGowan, que insisten en la necesidad de una investigación acerca de cómo ha podido perder todos sus derechos individuales una persona capaz de amasar una fortuna que controlan terceras personas. Este movimiento ha iniciado dos peticiones en sendas plataformas digitales: una para que pueda tener su propio abogado en la vista que debe prorrogar su condición de incapacidad (y que se llevará a cabo la semana que viene) y otra para que la Casa Blanca investigue su situación, con más de 300.000 personas movilizadas para liberar a la cantante. Si estas peticiones siguen subiendo, no se descarta que Donald Trump se interese por la situación de la cantante: podría ser un golpe de efecto para su campaña electoral.

Sin embargo, los abogados, médicos y jueces que han tenido el caso Spears entre manos insisten en que su situación mental requiere de tutela, al menos si quiere seguir llevando una vida más o menos independiente y productiva. Se trata de una situación extraña en la que la protección de la intimidad de la cantante (no sabemos qué enfermedad mental la aqueja) puede producir incompresión y sospecha en sus millones de fans, un sentimiento al que no ayudan las constantes disputas familiares. De hecho, una mayor transparencia sobre su dolencia también podría disuadir a los famosos y anónimos que se burlan de sus publicaciones en Instagram , en las antípodas de lo que se entiende por construcción de marca en una artista internacional.

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