Por qué dos políticas con ideologías tan distintas como Irene Montero y Rocío Monasterio apoyan a Rocío Carrasco como víctima de violencia de género (y por qué su denuncia televisiva puede ser el mayor error de su vida)

“No tiene piedad ni para con sus hijos”. El desgarrador testimonio de Rocío Carrasco en un formato documental en televisión logró ayer otra audiencia histórica a Telecinco: más de tres millones y medio de espectadores (un 33,2% de share) contemplaron a la hija de Rocío Jurado acusar a su exmarido, Antonio David Flores, de impedir que pudiera relacionarse normalmente con sus hijos. Y ha tenido consecuencias. De momento, Telecinco ya ha anunciado que va a prescindir de la presencia de Antonio David en sus programas.

Se acerca mucho al otro gran espectáculo de la cadena esta temporada: la denuncia de Kiko Rivera contra su madre, Isabel Pantoja, por presuntamente impedir que tomara posesión de la herencia de su padre, Francisco Rivera Paquirri (31,5% de share). Tragedias familiares, herencias disputadas, menores convertidos en reclamo mediático, acusaciones de mal querer… No cesa el despiece de las sagas del corazón a toda pantalla, impulsada por ofertas económicas que pocos pueden rechazar. Sobre todo si Hacienda acecha.

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Esta es una posible primera entrada al complejísimo caso que Rocío Carrasco pone encima de la mesa: estamos ante un show en el que una cadena de televisión juega con lo más delicado (violencia, niños, depresión, suicidio), siendo parte interesada. Son los mismos programas que han contribuido a una guerra entre adultos con acusaciones graves como “mala madre” o “mentiroso manipulador” contra ambos progenitores. Son los mismos programas los que ahora mismo diseccionan el terrible relato de Rocío Carrasco, que ha pasado ¿de fría y calculadora a mujer desequilibrada cuyo testimonio debe ponerse en duda?. Son los mismos programas los que reducen al esqueleto mínimo una larga historia de dolor y agresión, para convertir en su audiencia en una versión moderna del circo romano, en el que solo puede quedar vivo uno de los contrincantes.

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Anoche, la potencia del “yo sí te creo” se hizo visible en las redes, con miles de mujeres reconociéndose en el relato documental de Rocío Carrasco. Su llanto no tenía vuelta de hoja: hay dolores que no se pueden fingir. “No puedes quitarle a una niña una figura materna por la que ella moría”, clamaba entre lágrimas, refiriéndose a su hija, Rocío Flores, con la que no tiene comunicación desde hace años.

“Ella tenía pasión por su madre que soy yo”, insistía. “Él me ha quitado lo más importante que tengo en mi vida que son mis hijos. No me los ha quitado: ha hecho que me odien, que es más cruel si cabe”, sollozaba con la cara completamente desencajada. Imposible no empatizar con ella y con su confesión avalada con justificantes médicos: padece un trastorno crónico de ansiedad y depresión y demostró un intento de suicidio. Ante estas pruebas, solo resta solidaridad.

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“Yo soy víctima, pero ellos también son víctimas de una mente diabólica”, dijo Rocío Carrasco en su documental, refiriéndose a sus dos hijos y a su ex, Antonio David Flores. Varias mujeres de la política nacional se sumaron a la corriente de sororidad que provocó su trágico testimonio. Y resulta interesantísimo que hayan sido precisamente Irene Montero y Rocío Monasterio las que hayan dado un paso adelante para sumarse al comentario de este caso desolador, que lleva contando sus dolorosos capítulos en revistas y programas del corazón.

¿Cómo es posible que las dos políticas más distanciadas de todo el arco ideológico representado en el Congreso coincidan en hacer bandera del caso de Rocío Carrasco? Sin tomar en consideración el contenido de sus tuits, sin duda coinciden en apoyarse en el testimonios de la hija de Rocío Jurado para impulsar sus propias agendas políticas.

Sin duda, los mensajes de Irene Montero y Rocío Monasterio no tienen nada que ver. El mensaje de la ministra de Igualdad (con hashtag #RocioYoSiTeCreo) insiste en una realidad que sufren todas las mujeres que tratan de hacer valer su testimonio, ya sea como ponentes en un congreso, ejecutivas en un consejo de administración o víctimas ante un juez: el déficit de credibilidad con el que partimos en todos los ámbitos, debido al desigual reparto de poder entre lo masculino y lo femenino.

Los estereotipos son especialmente dañinos en los casos de violencia de género. Gema Fernández, abogada de Women’s Link Worldwide, señala que los jueces esperan ver “a la víctima perfecta: cabizbaja, asustada, preocupada, pequeñita…”. En su defecto, opera el cliché de “la mujer perversa”. “Si los jueces consideran a la mujer como mentirosa no activan los mecanismos de protección. No ven riesgo real”, explica la abogada.

El Comité CEDAW (encargado de seguir el desarrollo de la Convención para la Eliminación de toda Discriminación contra la Mujer) recoge en la recomendación sobre el acceso de las mujeres a la justicia cómo los estereotipos afectan a “la credibilidad de las declaraciones, argumentos y testigos de las mujeres”. Y precisamente por eso, “pueden hacer que los jueces interpreten erróneamente las leyes o las apliquen defectuosamente”. Los estereotipos “comprometen la imparcialidad e integridad del sistema de justicia, que puede dar lugar a la denegación de la justicia, incluida la revictimización de las denunciantes”, advierte este Comité de la ONU.

El mensaje de Rocío Monasterio va en una dirección bien distinta. Defiende la existencia del Síndrome de Alienación Parental (SAP), acuñado por el psiquiatra Richard Gardner en el año 1985 y negado por la Organización Mundial de la Salud. Este supuesto trastorno defiende que los progenitores pueden manipular a los hijos para que rechacen a uno de ellos, y suele ser utilizado en los juzgados para ejercer violencia contra las madres en los juicios por custodia. Según la Asociación Española de Neuropsiquiatría, el SAP supone un “grave intento de medicalizar lo que es una lucha de poder por la custodia de un hijo”.

Así, la asociación subraya que supone un abuso de la utilización de lo psiquiátrico-psicológico que evita considerar el papel que también juega en el conflicto el cónyuge que es considerado “víctima del alienador”. Asimismo, la AEN resalta que “el sesgo de género en las descripciones del SAP es innegable”: la mayoría de los cónyuges “alienadores” son considerados “mujeres que odian a los hombres”. El pasado octubre, Irene Montero, anunció una propuesta para eliminar la aplicación del SAP por no tener evidencia científica e invalidar el derecho de los niños o niñas a ser escuchados.

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Pero lo curioso es que tanto Irene Montero como Rocío Monasterio defienden el testimonio de la hija de Rocío Jurado frente al parecer de los jueces, quienes han dictaminado que los padecimientos mentales de Carrasco no están relacionados con el comportamiento de su ex, Antonio David.

Este menoscabo en Twitter del trabajo judicial tiene, como vemos, consecuencias perversas: aunque una crea utilizarlo para luchar por la asunción de la perspectiva de género en los juzgados de violencia de género, en realidad abre espacio para que otra siga sustentando una de las argumentaciones más controvertidas que aún se escuchan en los juzgados de familia desde que el divorcio es divorcio. El argumento emocional que es válido en la televisión o las redes sociales abre la puerta de la polarización: a lo uno y a su contrario.

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Pero la intervención de Montero y Monasterio en el caso de Rocío Carrasco tiene consecuencias más allá de las institucionales. Afecta, sobre todo, a la hija de Rocío Jurado y a su propia hija, Rocío Flores. Por si no fuera poca la desgracia de dirimir los conflictos familiares en la cruel televisión, la intervención política y viral puede convertir a madre e hija en víctimas de una situación insostenible.

Es el gran peligro de los casos de violencia machista que llegan a la televisión y las redes sociales: como ya sucedió con Juana Rivas, las víctimas dejan de ser tales y se convierten en representantes de otras causas que son colaterales a la suya. No conviene perder de vista que estamos hablando de mujeres reales, de una madre con padecimientos mentales, de una hija en una situación de precariedad emocional alta. Hacer de ellas meras marionetas mediáticas en las que volcamos un perverso juego de credibilidad y culpabilidad no sirve ni a las víctimas de todo esto ni a la sociedad en su conjunto. Nos quieren jueces de situaciones que no estamos en posición de juzgar. En estos casos, un prudente silencio es lo que mejor protege a las que más importan: las víctimas.

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