Se acabó el silencio y la discreción: Charlène de Mónaco ya no tiene miedo y sus cambios de look y declaraciones lo corroboran

Las princesas del siglo XXI (¡incluso las de Disney!) muestran pequeños signos de rebeldía. Desde la princesa Alexia de Holanda hasta Meghan Markle, la historia demuestra que aunque burlar las normas no está bien visto dentro de palacio, fuera de sus portones de láminas doradas la ciudadanía recibe con calor a quienes hacen del Let it go su himno.

Cambiar las gafas de bucear por la tiara no fue fácil para la exnadadora reconvertida en royal Charlène de Mónaco -de la que sabemos cúales son sus joyas favoritas- (Bulawayo, 1978), que sin embargo ha sabido mantenerse a flote en la piscina de olas que es su vida. Al fin y al cabo, si alguien es experta en permanecer bajo el agua para evitar las miradas, cambiar el olor a cloro por el del sándalo y sortear con majestuosas brazadas un océano de polémicas… es una nadadora multimedallista como ella.

DIARIO DE A BORDO

Las lágrimas en su boda con Alberto de Mónaco despertaron disparatados rumores que desmintió dos años después en la revista Times. Siempre a la sombra de Carolina, Alberto y Estefanía de Mónaco, encontró en los pequeños actos de rebeldía de esta última su oportunidad para disfrutar de una pequeña parcela de libertad. Constantes viajes a su Sudáfrica natal, causas benéficas, entrenamientos y actos deportivos le permitían coger aire antes de volver a bucear con discreción por la vida monegasca. Cambió las piscinas olímpicas por el diminuto principado y el protestantismo por el catolicismo en aras del amor, pero lo de modificar su estilo de vida, esbozar sonrisas falsas o dulcificar su armario no entró jamás en sus planes. Según un estudio de la web UFO No More, el año pasado Charlène de Mónaco volvió a ser la monarca europea que más gastó en ropa: invirtió 106.200 € en vestuario.

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Hay quien esconde la tristeza con el luto; ella, con alta costura y llamativas mascarillas con las que parece reírse de quienes critican su esquiva sonrisa. “Siempre un paso por detrás del príncipe, sin agenda oficial más allá de un par de actos sociales y benéficos al año, Charlène reconoce que sus cambios de look la hacen feliz –señala Ana Palenzuela, experta en protocolo–. Desconocemos si así trata de ocultar inseguridades o reivindicar su espacio o si solo busca ir a la vanguardia en estilo.

Nos decantamos por que su comportamiento es una forma de rebeldía propia de una monarquía que nada tiene que ver con las del resto del continente”. A Francisco Merino, experto en casas reales, esta teoría no le convence: “Creo que son pequeños actos de autoafirmación, de intentar demostrar que ella dirige su vida –dice–. La familia real monegasca no es el paradigma de lo que son o representan las monarquías actuales. Creo que su papel, frente al de otras consortes reales, es casi nulo. Ella ya ha dado herederos al trono y ahora está en un momento de decir: así soy y hago esto porque quiero”.

Su corte de pelo punk es un acto de rebeldía, una ruptura con la “rubia angelical”, una forma de reivindicar que ella no es Grace Kelly

Su llanto nupcial y la ausencia de sonrisas le valieron el título de princesa triste. Pero, cansada de vivir en apnea, ha decidido no solo salir a flote, sino a nadar a mariposa. Ha explicado a la revista Huisgenoot que estar lejos de su familia y el haber perdido a dos amigos son las causas de su tristeza. No solo ha roto su silencio, sino que ha decidido salirse de su carril con llamativos peinados y maillots que subrayan cada uno de sus movimientos. “Creo que peca de exceso –opina Roberto Sánchez, experto en perfiles públicos y políticos–. No hay nada más limitante que el mundo royal, y quien entra en él ha de cumplir sus normas”.

Domingo Delgado, psicólogo experto en coaching de imagen, puntualiza: “Este tipo de cambios de imagen, aunque muy visibles por fuera, declaran un mecanismo de defensa interno para proteger una parte vulnerable que sale a la luz. Es una forma más o menos acertada de reconectar con uno mismo, y un indicador de un proceso de crecimiento personal que aflora”.

Cuando Melania aterrizó en Florida como recién estrenada exprimera dama, retiró el saludo a los medios ataviada con un holgado caftán de Gucci y un moño despeinado. Si su salida de la Casa Blanca marca el punto de inflexión en su look y en su comportamiento, el de Charlène lo han trazado dramas personales, la constante sombra de las demandas de paternidad de Alberto y la necesidad de lanzarse de cabeza a su vida, en la que, por fin, nada a estilo libre.

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