245 años del nacimiento de Jane Austen: la escritora que impulsó la vena hater de Mark Twain antes de que existiera Internet

16 de diciembre. Los calendarios de los Janeites de todo el mundo señalan el día en rojo: se cumplen 245 años del nacimiento de Jane Austen, su rock star de las letras. La autora británica que ha conseguido sacudirse con el paso del tiempo la etiqueta de conservadora a golpe de taquilla, éxitos de ventas (y lecturas completas). Pero también, la que sigue siendo blanco de aquellos que la acusan de hacer “literatura para marujas”. ¿Qué tiene Jane Austen que tanto molesta? De Mark Twain a V. S. Naipaul, repasamos las grandes perlas que ha cosechado esta impulsora del haterismo.

“Difícilmente podría compartir su ambición sentimental, ni su sentimental visión del mundo” – explicó el Premio Nobel de Literatura V. S. Naipaul durante una conferencia en la Royal Geographical Society, después de afirmar que ninguna mujer (incluida Jane Austen) estaba a su altura. De seguir con vida, esta habría sido la cara de preocupación de la británica:

Pero lo cierto es que Naipaul no fue el único dispuesto a dedicarle unas palabras. Mucho antes de que él ganara el Nobel (año 2001), antes incluso de que se crearan los foros de Internet donde se libran terribles batallas dialécticas entre los que la aman y los que la odian, antes incluso de que hubieran nacido Steve Jobs y Bill Gates, existió el que -a día de hoy- es su hater número uno: Mark Twain.

¿Odio visceral o una pose estudiada?

Cuentan que el escritor estadounidense tenía un carácter refunfuñón y que solía disparar contra todo lo que se movía (las penurias que pasó a lo largo de su vida no aliñaron a mejor aquel carácter). Y, a pesar de haber nacido dos décadas después de la muerte de la escritora, solía convertir a Jane Austen en el centro de sus críticas siempre que tenía ocasión -y cuando no la tenía, también-. “Cada vez que leo ‘Orgullo y Prejuicio’ -le escribió por carta a su amigo Joseph Twichell- siento ganas de desenterrarla y golpear su cráneo con su propio hueso de la espinilla”.

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Con frecuencia, Twain presumía de dejar a mitad las obras de Austen por considerarlas insoportables. “Ella me hace detestar a todos sus personajes. ¿Es esa su intención? No resulta plausible. Entonces, ¿es su propósito hacer que el lector deteste a todos sus personajes hasta la mitad del libro para ganar luego su afecto en el resto de capítulos? Eso podría ser. Eso sería arte de primera. También se podría decir que merecería la pena. Algún día examinaré la otra mitad de sus libros y veré”.

Pero, ¿y si la historia que ha trascendido no es la versión completa y final? ¿Y si Twain -sin querer queriendo- no hubiera podido resistirse a acabarlos? ¿Y si él también encontró que lo maravilloso de Austen no es el final feliz sino todo lo que pasa por el camino? Porque de otra manera, ¿cómo es posible que no terminara por asestarle el golpe final en forma de ensayo que preparaba -y que dejó a mitad-? ¿Por qué no rematarla literariamente, aunque solo fuera por el placer de incordiar?

Pues quizá, solo quizá, porque Emma y él mismo estaban de acuerdo y “rara, muy rara vez, la verdad completa forma parte de un intercambio; rara vez algo no acaba un poco disfrazado o un poco confundido”.

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