Caperucitas y lobos

Decir que fui una adolescente procaz sería exagerado. Desde la pubertad hasta más o menos los 15 años fui una niña a la que le pasaban cosas en el cuerpo, nada más. Ser consciente de la atracción sexual que sentían hacia mí, y jugar con ello, puede que sobre los 16. Interés y miedo (va todo en el mismo paquete) por cómo era el sexo, aún más tarde, a los 17. Mi primera relación sexual (incompleta) rozando los 18. No, precoz no fui.

Lo que sí reconozco es que era una niña espabilada, con cero información, eso sí, no del todo cerrada a enredarme con gente más o menos turbia, con mucha más experiencia que yo, que lo mismo me podía enseñar mil cosas de la vida que meterme en un lío muy gordo. Quería aprender. Nunca salí con nadie por el caché que pudiera suponer que te vieran en su compañía, pero puedo entender que alguien lo hiciera entonces, igual que puedo entender que alguien lo haga ahora. La adolescencia, querer encajar, prestigio, llámalo X. Lo de los influencers antes se llamaba ser popular.

Lo que no puedo entender, porque no me cabe en la puta cabeza (llámame loca) es que a alguien pueda parecerle exagerada una sentencia por un delito tipificado y concreto, y no se espante de que tres hombres hechos y derechos piensen que está bien tirarse por turnos a una cría de 15 años, aún sabiendo que es delito.

Siendo yo una niñata locuela mira que no habré tenido lobos rondando alrededor, pero por más golfos que fueran, nunca, jamás, se le ocurrió a ninguno hacer lo que han hecho con esta niña. Porque ¿en qué cabeza cabe? ¿Qué educación moral han recibido para pensar que eso es normal, que eso está bien?

Si la sentencia es excesiva o no deberán dirimirlo los tribunales. A mí lo que realmente me preocupa es que alguien piense por un momento que lo que hicieron está bien. Me da escalofríos pensar cuántos lobos hay (de facto o de pensamiento), cuántos Jeffrey Epstein en potencia hay por ahí persiguiendo Caperucitas que aún no saben ni quiénes son.

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