Christina Koch, hablamos con la astronauta de sus 328 días confinada en el espacio

Christina Koch (Grand Rapids, EE.UU., 1979) ha hecho historia por partida doble. Es la mujer astronauta que ha realizado el vuelo espacial más largo (328 días en la Estación Internacional Espacial) y la primera en hacer, con Jessica Meir, un paseo espacial solo de mujeres. Esta física e ingeniera electrónica, que pertenece a la primera promoción de astronautas con igual número de hombres y mujeres, ha completado 5.248 órbitas a la Tierra en este tiempo, un viaje que equivale a ir y volver 291 veces de nuestro planeta a la Luna. Su misión marca un hito para otras astronautas, pero ella se siente parte de algo más grande. ¿Será la primera mujer en pisar la Luna en 2024?

Desde su casa de Galveston (Texas), transmite la misma emoción que cuando aterrizó en la estepa de Kazajistán y bajó de la cápsula Soyuz MS-13 que la traía desde la estación espacial. Fue el 6 de febrero. En sus 11 meses en el espacio, había tratado de imaginar cómo sería volver a la Tierra. “Intenté visualizar cómo volvería a caminar, con mis pies sujetando el peso de mi cuerpo, y qué sentiría viendo todas esas caras alrededor, pero me quedé sin palabras ante tanta gente. ¡Mucha más en un segundo de la que había visto en meses!”, se ríe. Había pactado con su doctora hacer un gesto para transmitir que se encontraba bien. “Sonreí todo lo que pude y subí los pulgares. Fue un momento maravilloso, un tsunami de felicidad al estar de vuelta, y sentir los sonidos y las sensaciones de la Tierra”.

La astronauta partió a la misión de la NASA, crucial para observar el efecto de una larga estancia en el espacio para el cuerpo femenino, sin certeza sobre cuándo regresaría. No supo hasta más tarde que iba a permanecer 11 meses. Su incertidumbre era similar a la que luego han experimentado millones de personas por el confinamiento. “Decimos que estos vuelos no son un esprint, sino un maratón, un ultramaratón en este caso”. Su estrategia fue encontrar un ritmo sostenible y saborear los días excepcionales para no echar de menos lo que dejaba atrás. “Busqué centrarme en el día a día, ir un poco más lejos cada vez, y dar lo mejor de mí misma, en lugar de preguntarme por el tiempo que estaría en el espacio”, reconoce.

Cuando salí con Jessica Meir nos miramos a los ojos y comprendimos que era la primera vez que solo habíamujeres caminando en el espacio”.

¿Fue consciente de que estaba escribiendo una página de la historia de la exploración espacial? “Sí, sobre todo cuando salí con Jessica Meir. Ahí fuera nos miramos a los ojos y comprendimos que era la primera vez que solo había mujeres caminando en el espacio. Habíamos tenido mucho que preparar y nos quedaba mucho trabajo, así que nos pusimos a ello”, recuerda de la reparación que duró siete horas. “Siento gratitud hacia los que abrieron camino. Soy una privilegiada y espero inspirar a los futuros exploradores…”.

El día a día en la estación espacial suele consistir en 12 horas de trabajo (ella ha realizado 210 investigaciones) en un entorno de microgravedad. “Es increíble la capacidad del cuerpo para adaptarse”, dice. Hay que buscar nuevas maneras de lavarse el pelo, hacer deporte o las necesidades fisiológicas; los astronautas deben fijar cada objeto para evitar que flote y no hay agua corriente ni se hace la colada. “Cuando llegué, no podía volar bien; no sabía preparar la comida… Pero después, no te imaginas otra manera de hacerlo”.

Junto al cosmonauta ruso Alexei Ovchinin y al astronauta norteamericano Nick Hague, en Moscú el 26 de febrero de 2019, antes del despegue de su misión.pinit

A los tres meses, se sentía como en casa, un hogar cuyo tamaño compara con el de una vivienda de cinco dormitorios compartida con otros cinco astronautas. “Tener un área privada es importante, porque la zona de trabajo es la misma que donde convivimos”. Los dormitorios son como una cabina telefónica, “suficiente para relajarse, leer… y dormir en un saco anclado a la pared”. Y prosigue: “Una de nuestras bromas es que la única diferencia entre el tiempo libre y la jornada laboral es que las videocámaras [el control de la NASA] están apagadas”. Ahora echa de menos a sus compañeros. “Éramos una familia. Al final del día, pasábamos tiempo juntos, tocando música, viendo películas, comiendo…”. A ella le gustaba mirar la Tierra y tomar fotos, que compartía en Twitter.

El 8 de febrero, dos días después de aterrizar y tras múltiples análisis por parte de la NASA, regresó a su casa de Texas, donde vive con su marido Robert. Lo primero que hizo fue dar un paseo por la playa con su familia. “Fue fantástico sentir la arena en los pies y el viento en la cara, escuchar las olas…”. Adaptarse a la Tierra ha supuesto “un ajuste físico y mental”. “Una de las cosas más duras es readaptarse a lo simple, como ir a hacer la compra al supermercado, estar en una tienda con mucho ajetreo… No estamos acostumbrados a tener mucha gente alrededor o muchas opciones”, afirma. Lo primero ha sido aprender a caminar de nuevo y mantener el equilibrio sin marearse todo el tiempo. “Otro desafío ha sido no dejar caer cosas y recuperar el sistema cardiovascular porque, aunque hacemos ejercicio, se ve afectado tras una misión tan larga”.

Christina siempre tuvo claro que quería ir al espacio y trabajó como investigadora en Groenlandia y la Antártida. “Sin embargo, hay cualidades para ser astronauta de las que se habla menos. La habilidad de reaccionar ante cualquier situación, la capacidad de adaptarse… Gracias a esta misión he aprendido que la humildad es importantísima; formar parte de un grupo y pedir ayuda”.

El programa Artemisa de la NASA persigue volver a la Luna en 2024 y que una mujer sea una de las protagonistas, para después llegar a Marte. Ella no niega lo ilusionante que son estas misiones: “A cualquiera le honraría. Por ahora, me entusiasma pensar que probablemente conozco a las personas que caminarán en la Luna”.

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