Desconecta pero de verdad

Pido disculpas por haber “desaparecido” la friolera de una semana. Es algo que necesitaba, especialmente este año tan distópico que estamos viviendo.

Habitualmente tengo “fondo de armario” para escribir sobre cosas que me han pasado a lo largo de mi vida, o que me han contado, o incluso que he leído en los diarios, pero me sentía mentalmente agotada. Y cuando estoy agotada, aunque tenga tareas pendientes, lo dejo todo y me voy a dar una vuelta. Eso es lo que he hecho, solo que la vuelta ha sido una miajilla más larga de lo normal. No me lo toméis en cuenta, soy humana.

Es también un ejercicio de humildad desaparecer y observar que tampoco eres tan imprescindible, ni te echan tanto de menos. Agradezco sinceramente que no me hayan incluido en ningún challenge de esos, porque hubiera decepcionado al no responder. Aunque ahora no sé si no me han incluido porque sabían que no estaba o porque soy una borde y no me uno a ninguno… vete a saber. En todo caso, si no estoy es porque me conocen, y que sepan quién eres (con todo lo bueno y todo lo malo) es estupendo.

A veces para volver a llenarte necesitas vaciarte del todo, y eso es lo que he hecho. Nos hemos agarrado Amante y yo de la mano y hemos ido donde no nos abrasaba el calor, donde sentarte en la silla al sol no era un martirio, donde hay que ponerse una chaqueta por las tardes, donde los árboles y los ríos parece que no se acaban.

Él se sorprende siempre de cómo me cambia la cara cuando empiezo a ver tanto verde. Qué le voy a hacer, ver tantos árboles rodeándome me llena, aplaca mi angustia (que este año estaba disparada) y me conforta.

Por lo demás, hemos hecho lo que siempre: el misántropo, porque éramos él y yo, nada más. Bueno, y las mascarillas, los geles, los protocolos, las distancias… y los putos códigos QR.

Con ellos ha sido una batalla en la que me he tenido que dar por vencida: todo el día con el móvil en la mano para todo.

Me pregunto si en esta “nueva normalidad” adoptaremos esta tontuna de los códigos QR para otras cosas. Cosas así como un poco de ciencia ficción (y un MUCHO de ir contra la ley de protección de datos): vas por la calle y ves a alguien que te mola, escaneas discretamente su código QR, y ves si está en Tinder, si habla español u otro idioma (o varios), si suele ir a ese sitio habitualmente, si tiene perfil de Instagram… yo qué sé, montones de cosas.

Seguro que ya hay quien anda pensando en eso, y es un poco triste. Tan triste como que los camareros ya no te reciten las tapas y te den un cuadradito plastificado con líneas en blanco y negro. Llámame rara, pero sigo prefiriendo que el del bar Manolo me diga “tengo los chopitos, las bravas, la pavía, la tortillita de camarones, el solomillo al whisky…” mientras hace tiki-tiki-tiki-tiki con el boli.

También sigo prefiriendo conocer a alguien conversando antes que escaneando un puto código. Debe ser que estoy mayor para esto. O que soy una sentimental…

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