El primer after

Hace 40.000 años ya pintábamos bisontes en las paredes de las cuevas. Con ellos empezamos a trazar nuestros primeros símbolos y con ellos proyectamos, de alguna manera, por primera vez, el futuro. O la idea de futuro. Con esos bisontes y ese futuro dibujábamos también, sin saberlo, nuestros fantasmas: el miedo al futuro y la sensación de incertidumbre que tan poco soportamos. Son 40.000 años de evolución arrastrándola. No resulta tan fácil sacudírsela. Tampoco caminar de nuevo a cuatro patas ni salir a cazar en vez de llamar a Glovo.

Muchos de aquellos bisontes y esos otros animales fueron dibujados al fondo de las cuevas, en recovecos recónditos y profundos a los que costaba acceder. No se hacía así por cuestiones de hábitat, sino, como revela ahora un estudio realizado por la Universidad de Tel Aviv, porque al fondo de esas cuevas había mucha oscuridad y poco aire. La persona que pintaba entraba en un estado de hipoxia que le hacía sentirse en trance, conectado con el cosmos, fuera de sí, en otro yo o sin ser siquiera un yo. Las antorchas con las que se iluminaban reducían aún más el oxígeno.

Controlada, como hacen, por ejemplo, algunos deportistas que se entrenan en altura, la hipoxia es buena porque favorece la creación de glóbulos rojos. Algunos pacientes, se ha visto con el covid, la sufren hoy sin saberlo ni sentirlo. La llaman hipoxia feliz o silenciosa. El problema, evidente, es que sin control o sin noticias de ella podemos terminar sin oxígeno en el cerebro. Aquellos humanos primitivos, nuestros abuelos, lo sabían y jugaban con ella para invocar a sus musas, sus dioses o sus menús o para inspirarse. La falta de oxígeno libera dopamina. De ahí el trance o la falsa felicidad. Han pasado 40.000 años, pero quizá no hayamos cambiado tanto. Aunque hayamos dejado las cuevas. Desde luego, no demasiado. Ya entonces nos fabricamos el miedo al futuro y la angustia de la incertidumbre e inauguramos el primer after. Miles de años después aún seguimos sufriendo ambos.

David López Canales es periodista freelance colaborador de Vanity Fair y autor del libro ‘Un tablao en otro mundo’ (Alianza). Puedes seguir sus historias en su Instagram y en su Twitter.

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