Extraña manía la que tenía Henri de Rothschild de pretender que al multimillonario no se le aprecie por sus millones, sino por sus cualidades personales

En casa de Rothschild, por Julio Camba

(Lea el artículo sobre la fascinante vida del periodista aquí).

Conocí al barón Henri de Rothschild en su casa del Faubourg Saint Honoré, y a los cinco minutos de pisar aquellas alfombras y de sentarme en aquellas butacas ya me había habituado por completo a la vida del archimillonario. El barón, en cambio, parecía no haberse habituado aún. Por aquellos días Henri de Rothschild había estrenado en París su obra La Rampe, y estaba siempre rodeado de unos actores muy enfáticos que asentían, con grandes gestos, a sus lamentaciones de hombre fabulosamente rico.

—Todo el mundo se fija en mis millones —decía— y nadie, en cambio, para mientes en mis cualidades personales. ¿Es que el dinero tiene alguna importancia en la vida?

—¿El dinero? —exclamaban los cómicos a coro—. ¡Hombre, por Dios! ¿Qué importancia va a tener el dinero? El dinero no tiene importancia ninguna…

—Hay quien me supone una fortuna de más de diez mil millones; pero eso ¿qué es?

—¡Psch! —decían los cómicos—. ¿Diez mil millones? Una verdadera miseria. Diez mil millones no van a ninguna parte…

Yo fui a ver a Henri de Rothschild en compañía de Tirso Escudero, quien se proponía dar en Madrid unas representaciones de La Rampe, y, al pasar a su presencia, nos lo encontramos disertando ante un actor que se llamaba Calmette y otro que se denominaba Lepinard.

—Al multimillonario —decía Rothschild— le están vedados casi todos los placeres. Usted, Lepinard, o usted, Calmette, cualquiera de los dos, o los dos juntos, pueden irse esta noche, si ello se les antoja, a un cabaret de Montmartre y divertirse allí de lo lindo hasta el amanecer; pero ¿tendrían ustedes la misma libertad de acción y de movimientos si estuviesen cargados de millones y fuesen, en cierto modo, árbitros de la economía mundial?

—¡Claro que no! —asintió Calmette. —¡De ningún modo! —respondió Lepinard, quien no iba nunca a los cabarets de Montmartre, y no precisamente por exceso de millones, sino más bien por todo lo contrario.

—Pues yo, francamente, no veo la dificultad —se permitió observar entonces este humilde servidor de ustedes—. ¿Que los millones me estorbaban? Pues con dejarlos en el guardarropa todo quedaría arreglado. Luego, a la salida, presentaría en el guardarropa mi número y recogería los millones, a la vez que el abrigo y el sombrero.

Pero esta idea, que aún hoy sigue pareciéndome sumamente práctica, cayó en el vacío más desolador, y Henri de Rothschild prosiguió como si tal cosa desarrollando su tema favorito.

—El multimillonario —dijo— es el ser más desgraciado del mundo. Los amigos le adulan y las mujeres lo miman; pero ¿seguirían unos y otros tratándole de igual manera si se quedase de pronto sin un céntimo?

Y aquí fue donde el amigo Lepinard, en su afán de seguirle siempre la corriente al prócer, se pasó un poco de rosca.

—¿Que si seguirían tratándole de igual manera? —exclamó—. ¡No faltaría más! El día en que el millonario se quedase sin un céntimo lo mandarían todos a paseo…

La calefacción, que estaba echando chispas en el despacho de Henri de Rothschild, pareció descender de pronto a cero grados. Se produjo un frío glacial, y Lepinard, que se dio cuenta de su gaffe, balbució:

—No. Si no lo digo por mí. El barón sabe de sobra que yo le seré siempre adicto.

Pero ya era demasiado tarde, y al día siguiente, el nombre de Lepinard había desaparecido del cartel de La Rampe.

¡Extraña manía la que tenía Henri de Rothschild de pretender que al multimillonario no se le aprecie por sus millones, sino por sus cualidades personales! Es posible —yo no lo dudo— que haya algún multimillonario con cualidades personales, pero es imposible que estas cualidades personales equivalgan a sus millones. Un multimillonario del tipo Rothschild tiene como diez millones de veces la fortuna de un hombre de la clase media, y, en cambio, no hay nadie que tenga diez millones de veces el talento ni el valor, ni la nobleza ni la generosidad de los demás hombres. Por mucha simpatía que tuviese un archimillonario, esta simpatía no estaría nunca en una desproporción tan grande como lo está su fortuna en relación a las fortunas corrientes. Y por esto resulta inmoral el multimillonario: porque sus millones le dan una superioridad sobre los demás mortales que la Naturaleza no le concede nunca ni aun a seres de excepción.

Henri de Rothschild se proponía —y al efecto escribió después una obra teatral que se titulaba Creso— suscitar en las clases populares un sentimiento de piedad hacia los pobres multimillonarios que no carecen de nada —lo que es tan monótono— y a los que nadie dice jamás una impertinencia —lo que resulta tan poco divertido—. Quería hacer derivar hacia el multimillonario toda la ternura que, desde un tiempo inmemorial, vienen absorbiendo en el mundo los niños huérfanos y los ancianos desvalidos, y, desde luego, si hubiese tenido tanto talento como tenía dinero, esto es, si hubiese tenido diez millones de talento, yo estoy seguro de que, no obstante las dificultades de semejante empresa, hubiese logrado llevarla a feliz término.

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