François Catroux, el decorador de los (muy) ricos y famosos

Cuando la princesa Marie Chantal de Grecia se planteó la reforma de su hogar en Nueva York no recurrió al decorador del momento, sino a un señor de más de 80 años afincado en París. ¿La razón? La explicó en 2016 a la perfección uno de sus clientes, el magnate de la industria musical David Geffen, a la edición estadounidense de esta revista: "Es verdaderamente notable lo contemporáneo que resulta a su edad".

François Catroux siempre ponía dos cosas en las casas que proyectaba: muebles-escultura de los Lalanne y sofás tapizados en colores naturales. Ninguna de las dos falta en la residencia de la princesa de Grecia en Nueva York, tampoco en la del propio Catroux y su mujer desde 1968, Betty Catroux, en la rue de Lille, en la orilla izquierda del Sena. Catroux fue la musa y "alma gemela" de Yves Saint Laurent, con quien François fue al colegio en Orán. No volverían a coincidir hasta principios de los años sesenta en París. Jamás hablaron de su infancia -en el caso del diseñador de moda, bastante traumática- en las colonias.



Para entonces Franóis Catroux ya había aprendido casi todo lo que necesitaba saber sobre el buen gusto de forma autodidacta, sin necesidad de acudir a ninguna escuela de Arquitectura o similar. ¿Cómo? Gracias en buena parte a sus magníficas conexiones familiares -su padre fue un héroe de la II Guerra Mundial íntimo del general De Gaulle que cuenta con una plaza en su honor en París, la Place du Général Catroux- visitó de joven las residencias en la capital francesa de los Rothschild o los Dreyfuss. Pero sería un viaje a Nueva York en 1960 en el que experimentaría su epifanía estética definitiva cuando visitó el apartamento del decorador Billy Baldwin en la calle 61: "El más chic que he visto jamás", cuenta en François Catroux, el libro que Rizzoli le dedicó en 2016. "Puede resultar sorprendente, si tenemos en cuenta que Francia se considera como el epicentro del chic. Pero entonces el interiorismo francés era eminentemente clásico, y buena prueba de ello son Jansen y Henri Samuel. Los americanos tienen la fórmula perfecta entre su modernismo, el estilo francés y el sentido de la confortabilidad británica".

François Catroux presumía de haber empezado su carrera a los cinco años, aberrado por el gusto "espantoso" (sic) de sus padres, demasiado provincianos para sus estándares. También de no haber copiado nunca a nadie. El decorador favorito de Diane von Furstemberg -autora por cierto del prólogo del compendio de Rizzoli-, Roman Abramovich o la familia real saudí, tienía su estudio en París, en la rue du Faubourg Saint-Honoré, donde contaba con un equipo de ocho personas. Tres de ellas colaboraban con él desde 1975 y son tan buenos que hacen el trabajo de 15, cuenta en el libro. Si quiere emular su estilo de motu propio, ya sabe: hágase con un sofá cómodo y tapícelo de beige. "Amo el blanco, el negro y el beige", dice. "Podría decorar todas mis casas con solo esos tres colores". Si tiene una pieza de Claude Lalanne, mejor.

Artículo publicado en Vanity Fair el 15 de marzo de 2020 y actualizado.

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