Ha muerto Ruth Bader Ginsburg, la jueza que se convirtió en icono de los millennials

Cientos de personas, sobre todo muchos jóvenes, rindieron ayer homenaje a la jueza en Washington, ante el Tribunal Supremo. “Nuestra nación ha perdido a una jurista de estatura histórica. Todos en el Tribunal Supremo hemos perdido a una compañera querida. Hoy guardamos luto, pero tenemos confianza en que las futuras generaciones recordarán a Ruth Bader Ginsburg como nosotros la conocimos, una campeona de la justicia incansable y resuelta”, ha dicho en un comunicado el presidente del Tribunal Supremo de EEUU, John Roberts.

Con sus características gafas de pasta y el pelo recogido en un inalterable moño, el rostro de Ruth Bader Ginsburg se había convertido durante los últimos años carne de merchandising. Tazas y camisetas, libros para colorear, disfraces, calcetines, sudaderas, delantales… Solo hace falta una rápida búsqueda en Amazon para certificar que ha sido un auténtico icono del pop. Un icono improbable, eso sí. Fundamentalmente porque tenía más de 80 años y era la jueza decana del Tribunal Supremo de Estados Unidos.

Aunque su carrera como jurista comenzó en los años 50 y en los 70 fue una destacada figura del activismo en favor de los derechos de las mujeres, Ginsburg alcanzó notoriedad pública en 2006. Aquel año, se convirtió en la única mujer en el Tribunal Supremo de EE.UU. (y la segunda en toda su historia) después de la retirada de su colega, la jueza O’Connor. Y la admiración por ella no dejó de crecer desde entonces. Además, era una mujer carismática y estilosa. Famosa por los collares étnicos y los pañuelos de encaje que utiliza para adornar sus togas, tiene uno para oponerse a la decisión del alto tribunal y otro para leer la opinión mayoritaria. Por todo eso, en 2015 un libro de ilustraciones sobre su vida (Notorius RBG) se convirtió en un fenómeno. Más tarde, un biopic protagonizado por Felicity Jones llegó a la gran pantalla. El movimiento #MeToo también se encargó de rescatar y reivindicar su icónica figura. Y ella se declarado fan de la causa. “Ya era hora. Durante demasiado tiempo, las mujeres han estado calladas, pensando que no se podía hacer nada al respecto. Pero ahora la ley está de parte de las mujeres o de los hombres que tienen que enfrentarse al acoso. Y eso es algo bueno”, dijo en 2018, durante una conferencia en la que confesó que un profesor de Química le había ofrecido ayuda con un examen a cambio de sexo durante su etapa universitaria. Solo era el primer episodio de discriminación de su carrera.

Ruth Bader Ginsburg nació en 1933 en el seno de una familia judía del barrio neoyorquino de Brooklyn. Un día antes de su graduación, su madre murió de cáncer después de una larga batalla contra la enfermedad. Hasta entonces, ella había sido el motor de su vida: la que le llevaba a la biblioteca, le animaba a estudiar y la que soñaba con que su hija fuera, algún día, profesora de instituto. Poco después, se matriculó en la prestigiosa universidad de Cornell para estudiar una diplomatura en Gobierno y Gestión Pública. Allí conoció a Martin D. Ginsburg. Como ella, era un estudiante brillante, pero también era cariñoso, divertido y simpático. Se casaron apenas un mes después de graduarse.

El embarazo de su primera hija le costó uno de sus primeros puestos de trabajo. En 1956, ya con dos hijos, el matrimonio llegó a Harvard para estudiar Derecho. Solo había nueve mujeres en una clase de más de 500 estudiantes. Y la misoginia era tan flagrante que el decano llegó a preguntarles a ella y sus compañeras cómo podían justificar “haberles quitado el sitio a hombres cualificados”.

A contracorriente

Cuando su marido consiguió un prometedor trabajo en Nueva York, Ruth tuvo que trasladar su expediente a la universidad de Columbia, donde terminó la carrera en 1959. Pero a pesar de ser una de las dos mejores estudiantes de su promoción, no recibió ni una sola oferta de trabajo. Y cuando solicitó una vacante para trabajar como secretaria de uno de los magistrados del Tribunal Supremo, su petición fue rechazada porque el juez no quería a una mujer en el puesto.

Quizá por eso, optó por la vía académica. A principios de los 60, participó en un trabajo de investigación sobre el procedimiento civil en Suecia. La experiencia fue doblemente valiosa para ella: aprendió sueco y pudo observar de cerca la mentalidad nórdica sobre la igualdad de género.

En 1963, ya era una de las pocas profesoras de Derecho en Estados Unidos. Sin embargo, la universidad de Rutgers le informó de que su salario sería inferior al de sus colegas porque su marido tenía un trabajo bien remunerado. Y mientras conseguía convertirse en la primera profesora titular de la universidad de Columbia, hizo del activismo por los derechos de las mujeres el auténtico motor de su vida: fundó la primera publicación académica sobre Derecho Femenino y puso en marcha el proyecto por los derechos femeninos de la combativa Unión Estadounidense de Libertades Civiles.

Cuatro décadas de lucha institucional

En los 70, llevó varios casos de discriminación por razón de sexo ante el Tribunal Supremo. Y lo hizo con una calculada y eficaz estrategia: escogía leyes que parecían beneficiar a las mujeres (sobre todo por su carácter paternalista), pero que, en realidad, las discriminaban claramente. Además, tuvo la astucia de representar a hombres ante el alto tribunal y demostrar que la discriminación también podía afectarles a ellos. Ginsburg ganó cinco de los seis casos que defendió ante el Supremo.

En 1980, el presidente Jimmy Carter premió su trayectoria designándola para formar parte de la Corte de Apelaciones del Distrito de Columbia. Y en 1993, Bill Clinton la escogió para ocupar un asiento en el Tribunal Supremo de Estados Unidos. Se convirtió en la segunda mujer en llegar al alto tribunal y su proceso de designación fue el más rápido en dos décadas. Desde entonces, pertenece al ala más liberal del máximo órgano judicial norteamericano.

Sus alegatos hicieron que Obama cambiara la ley de igualdad salarial.

Desde su nombramiento tuvo algunas victorias sonadas, como la histórica sentencia que obligó al Instituto Militar de Virginia a admitir a mujeres en sus cuarteles y que sentó una valiosa jurisprudencia. Sus alegaciones en otro caso que, en cambio, perdió ante el tribunal, sirvieron sin embargo para que la administración Obama cambiara las leyes sobre igualdad salarial en Estados Unidos. Ginsburg también se pronunció públicamente a favor del derecho al aborto. “El Gobierno no puede entrometerse en una decisión que solo corresponde a la mujer”, le dijo en 2009 al New York Times.

Durante el tiempo que estuvo en el Tribunal Supremo, se ganó una reputación de jurista equilibrada, que emitía juicios profundos y que logró grandes consensos. Jamás alzó la voz en sus deliberaciones, no solía cometer salidas de tono y siempre mantuvo una buena relación con sus colegas sin importar sus diferencias ideológicas. Pese a todo, también cometió algún desliz. Durante la campaña electoral de 2016, y cuando nadie contaba con la victoria de Donald Trump en las urnas, llegó a decir que se mudaría a Nueva Zelanda si el magnate ganaba las elecciones. “No me puedo imaginar lo que sería este país con Donald Trump como presidente. Para el país serían cuatro años, pero para el tribunal… No sé lo que podría pasar. No lo quiero ni pensar”. Más tarde, y debido al peso institucional de su puesto, tuvo que pedir perdón por sus declaraciones, mientras Trump aprovechaba para insultarla y pedir su dimisión en Twitter.

Una probada fortaleza

La polémica no fue gratuita. Estaba en juego el control del todopoderoso Tribunal Supremo. Actualmente compuesto por cinco magistrados conservadores y cuatro progresistas, sus miembros ocupan puestos vitalicios. Por eso, la composición de la sala puede determinar sus fallos durante décadas. A los sustitutos los designa el presidente y los confirma el Senado. Y por eso, la salud de Ginsburg se convirtió en un asunto de estado. De aspecto frágil, la jueza caminaba encorvada y a menudo necesitaba ayuda para desplazarse. Su historial médico era largo: en 1999 le diagnosticaron un cáncer de colón y en 2009, otro de páncreas. En 2015 se sometió a una intervención cardiaca; en 2018, fue hospitalizada al fracturarse tres costillas tras una caída y le extirparon dos nódulos cancerosos del pulmón.

Sin embargo, la jueza era mucho más fuerte de lo que aparentaba. Practicó esquí acuático hasta los 70 y desde el primer diagnóstico de cáncer trabajaba con un entrenador personal dos veces por semana. De hecho, celebró sus 80 años haciendo 20 flexiones. Tras enviudar en 2010, se rumoreó que pensaba en el retiro, pero ella confesó que el trabajo le ayudaba a sobrellevar la pérdida.

Símbolo de resistencia

En la segunda legislatura de Obama, algunas voces del demócratas instaron a la jueza a retirarse para que el presidente nombrara a un candidato afín. El objetivo era evitar riesgos si un conservador llegaba a la Casa Blanca. Ella se resistió y dijo que su intención era jubilarse a los 90. Pero no contaba con que el siguiente inquilino de la Casa Blanca sería Donald Trump, quien ha designado a dos magistrados conservadores. Uno de ellos, el polémico Brett Kavanaugh, pese a las acusaciones de acoso sexual en su contra.

Después de la victoria de Trump, la magistrada no había querido retirarse para evitar que él nombrara a su sucesor. De hecho, los medios norteamericanos han publicado que, antes de morir, Ginsburg le dijo a su nieta que “su deseo más ferviente era no ser reemplazada hasta que haya un nuevo presidente”. Los jueces del Tribunal Supremo estadounidense, que ocupan su cargo de forma vitalicia, son elegidos por el presidente y ratificados posteriormente por el Senado, que ahora tiene mayoría republicana. La vacante que deja la jueza Ginsburg inclinaría más la balanza en el tribunal a favor de los conservadores.

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