La guerra de Carlota Corredera por defender a Rocío Carrasco y denunciar la violencia de género en televisión: así funciona la diabólica paradoja de la mala feminista

En el principio estaba Rocío Carrasco, sola y vestida con el ya icónico traje rosa frente a una cámara de televisión. Con el paso de los episodios de ‘Rocío Carrasco, contar para seguir viva’, la docuserie que ha removido a todo un país con un relato de violencia de género, manipulación y malas prácticas periodísticas, una segunda mujer se ha colocado en el disparadero de alabanzas y críticas: Carlota Corredera, presentadora de confianza de La Fábrica de la Tele (productora del documental y de ‘Sálvame’),revelación de un formato (otro) nuevo en televisión y recién llegada al activismo feminista.

Desde hace días, el nombre de Carlota Corredera aparece invariablemente entre los ‘trending topics’ de Twitter por su actitud combativa en ‘Sálvame’, donde da la implacable réplica a colaboradores que no comulgan con el relato presentado en la docuserie: con la investigación de los profesionales que lo ha orquestado, con las revelaciones de Rocío Carrasco o con el marco conceptual mismo de la violencia de género. La batalla está servida en Telecinco y en las redes.

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Lo cierto es que Carlota Corredera era secundaria de lujo en toda esta escenografía, en principio confiada a la gran estrella de la cadena, Jorge Javier Vázquez. Pronto se pudo observar que conducir un nuevo formato como este, en el que se mezcla biografía rosa, denuncia social y mediática y documentación judicial, requería más empatía y menos ironía, un estilo que Corredera sí pudo desplegar con autoridad, lidiando además con comentaristas que no perdieron ocasión de mostrarse críticos con la productora y la cadena. Su solvencia profesional y protagonismo sobrevenido, sin embargo, ha suscitado tanto pitos como aplausos en la crítica.

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Borja Terán, crítico de televisión, ha opinado lo siguiente: “Carlota Corredera no es una revelación de la televisión de ahora, representa algo mucho más importante: la importancia del recorrido en televisión. El crecimiento, la personalidad y la oportunidad a las personas con el bagaje desde abajo que da la cualidad de que no son bustos parlantes”. Desde ‘La Vanguardia’, el redactor jefe de la sección ‘Gente’ Albert Domènech le achaca lo siguiente: “Me sorprenden algunas afirmaciones de Carlota Corredera, como que ‘Sálvame’ no ha sido el único programa que se ha tragado las mentiras de Antonio David Flores. Como argumento me parece bajo cero y deleznable”.

“Si habéis cometido una mala praxis lo menos es admitirlo, porque lo que estáis haciendo ahora [la docuserie de Rocío Carrasco] sucede en el mismo plató en el que encubríais a ese personaje, incluso ya sabiendo la historia real. Para mí el formato es perverso y los responsables de que el relato esté pediendo fuerza y se esté oscureciendo son ellos mismos. (…) Tampoco podemos decir que Rocío Carrasco sea la impulsora del #MeeToo español, seamos serios. Llevamos años educando en otros canales sobre al violencia de género, y sin ser tan opinativos”.

Lo cierto es que la posición de Carlota Corredera es diabólica: difícil no ser acusada de hipócrita al denunciar malas prácticas periodísticas (la definitivamente irreparable: no confirmar las fuentes) desde un programa que ha hecho bandera de la rumorología. En el terreno del feminismo, la docuserie sobre Rocío Carrasco y su posicionamiento como defensora suscita recriminaciones similares: cómo dar lecciones de feminismo desde una cadena que refuerza todo tipo de estereotipos sexistas con su peculiar manera de explotar el deseo de los veinteañeros de ser ricos y famosos. O con colaboradores que se resisten a incorporar el conocimiento sobre género y violencia en su repertorio argumentativo.

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Es la tentación del feminismo que se vive desde una supuesta pureza: echar el resto con la crítica de unas circunstancias, de unos contextos o de unas intenciones que jamás están a la altura del sermón desde el púlpito de las redes. Es cierto: no conviene perder de vista que el feminismo juega siempre en ‘campo enemigo’. Cualquier feminista tiene que vérselas con la desigualdad en un escenario que, inevitablemente, la hace cómplice: ni la profesora universitaria ni la periodista famosa ni la directora de cine están fuera de un sistema calado hasta los huesos de machismo. Más aún: lo necesitan para subsistir. De hecho, en muchos casos el paso adelante de una feminista supone un riesgo profesional y personal, y lo que desde fuera puede verse como una autopromoción, es resultado de una involucración sincera en un problema que nos atañe a todas.

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Lo aprendimos con el caso de Leticia Dolera: defender unos principios con fiereza y beligerancia supone una conducta irreprochable para la mujer famosa que se expone, pues en cualquier momento pueden sacarle los colores con un resbalón. Predicar una cosa en público y actuar de manera contraria en privado supone una hipocresía social muy extendida, pero difícilmente perdonable en una feminista. Si algo aprendimos con el caso de Dolera es que el machismo ya se encarga de desactivar a cualquier mujer con altavoz contra la violencia de género, no hace falta que las mismas feministas colaboren en echarla abajo. Más aún: si existe una feminista perfecta que no comete errores ni se debate en sus contradicciones, muy feminista no puede ser. No se termina nunca la prueba y el error contra las trampas que va poniendo un sistema basado en la desigualdad.

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Carlota Corredera exuda sinceridad en su apasionada defensa de Rocío Carrasco y contra la violencia de género. Solo hay que ver las lágrimas que ha derramado a lo largo de sus apariciones en la docuserie ‘Rocío. Contar para seguir viva’ o cuando recuerda la entrevista que le hizo a Fayna Bethencourt, otra famosa víctima de la violencia machista que pudo contar su historia en el ‘prime time’ de la tarde en Telecinco. Su reciente convencimiento feminista le ha hecho dar pasos importantes, como introducir en un programa que ven millones de personas una sección de feminismo (‘Con M de Mujer’, a cargo de Geles Hornedo) a raíz de la escritura de su libro ‘Hablemos de nosotras’ (2019). Su entrega y beligerancia es consecuencia no solo de su propio empoderamiento personal y de su autoridad en una productora que la apoya, sino también de cierta bisoñez. Su activismo va a tope de gasolina.

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Necesitamos proteger a las mujeres con poder que sí hacen feminismo en circunstancias difíciles, sobre todo si tienen el alcance de Carlota Corredera. Aunque su lugar de enunciación sea, por decirlo suavemente, problemático. Aunque su entusiasmo le lleve a cometer excesos y dejar a un lado la prudencia. El desgaste de un enfrentamiento con toda la artillería no merece la pena, aunque dé mucho show. Solo hay que ver a la Ana Bernal-Triviño, también periodista y experta en violencia de género, mucho más consciente de cómo y dónde dar la batalla.

Merece la pena proteger a Corredera y a todas las mujeres que se atreven a defender el feminismo en los medios de esa supuesta depuración emboscada en la cultura de la cancelación, porque todas somos malas feministas. De hecho, ese podría ser un buen engache para posibles alianzas: la certeza de que jamás estaremos en la posesión de la última verdad ni alcanzaremos ni pureza ni perfección.

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