Los últimos días de Melania en la Casa Blanca: sin hablarse con Jill Biden, sin plan para después y sin mirar atrás

Melania Trump afronta los últimos días de la presidencia con una única obsesión: controlar la mudanza. La primera dama, según informa CNN, permanece ajena a las decisiones de su marido (al que, sin embargo, sigue apoyando, como demuestra su insólito comunicado de hace unos días), hasta el punto de que personal de la Casa Blanca confirmaba a la cadena que Melania se enteró por uno de los últimos tuits de Donald Trump que no acudirían a la inauguración de Joe y Jill Biden. Desde el asalto al Capitolio, que la pilló en una sesión de fotos, vive sin jefa de gabinete ni de comunicaciones sociales: ambas dimitieron tras el episodio.

Tampoco parece importarle: a día de hoy Melania no ha establecido ningún tipo de contacto con la próxima primera dama, y cada una gestiona la doble mudanza a su manera: Jill Biden ya ha contratado una reforma que incluye el fumigado de todas las alfombras de la residencia. Más significativo es que Melania, hasta ahora, no haya hecho ningún esfuerzo para montar una organización pospresidencial. Tradicionalmente, desde los tiempos de Rosalyn Carter (la más activa políticamente de las primeras damas a este lado de Hillary Clinton y Michelle Obama) las ex primeras damas dedican parte de sus esfuerzos a seguir abanderando algunas de las causas defendidas durante su estancia en la Casa Blanca, aprovechando algunos de los beneficios que les corresponden como parejas de los expresidentes. Melania podría convertirse en la única, desde Pat Nixon, que no pretenda tener una función pública a posteriori.

En realidad, las primeras damas no reciben beneficios por serlo, sino como parte del personal que los expresidentes pueden mantener al "jubilarse". A Melania le podrían corresponder miles de dólares en campañas de comunicación y hasta medio millón de dólares en gastos de viaje y representación… Si optase por algún tipo de función pública bajo el ala de su marido y si siguiese casada con él tras la salida de la Casa Blanca, una de las mayores incógnitas entre tanto rumor de divorcio pospresidencial.

Lo que sí parece claro es que a Melania, que nunca le gustó la Casa Blanca, no le da "tristeza" abandonar Washington. En su vida en el Ala Este, al margen de su marido, al que apenas acompañó en campaña, Melania sólo se ha dedicado en las últimas semanas a preparar el álbum de fotos de sus años como primera dama y controlar al milímetro la mudanza de sus pertenencias (repartidas entre la residencia de Mar-a-Lago en Florida y trasteros alquilados). Una mudanza que habría llevado en secreto, a espaldas de su marido y de los medios. Es fácil entender el motivo: Melania se puso en marcha mientras Donald seguía convencido de que había ganado las elecciones y apelaba a un segundo mandato hasta desembocar en el asalto al Capitolio. Fue la primera de la familia en reconocer la derrota, según indica todo el personal de la Casa Blanca con el que ha hablado la CNN. Y la que más prisa tiene por marcharse de Washington.

En imágenes

El estilo de las primeras damas de Estados Unidos en imágenes: del icono Jackie Kennedy a la polémica Melania (incluida Nancy Reagan y su idilio con Oscar de la Renta)

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