Por qué el documental sobre Britney Spears hará que quieras pedirle perdón

Los 90 se comieron a Britney, y a Diana, y a más famosas conocidas por el nombre de pila, todas aterrorizadas por una industria del cotilleo voraz y misógina. Pero Framing Britney Spears deja entrever que también ha llegado la hora de que el resto de nosotros reconozcamos nuestra parte, todas las personas que fuimos espectadoras pasivas de estas funciones de circo mediático, y que sólo ahora empezamos a darmos cuenta de que deberíamos haber sido más inteligentes y haber actuado mejor.

“Queríamos revisar la cobertura que le hacían los medios [a Britney]”, nos cuenta Samantha Stark, directora del documental Framing Britney Spears. “Y nos dimos cuenta de la forma tan distinta con la que veíamos a las mujeres, la sexualidad y la salud mental. Empezamos viendo todo ese material de principios de siglo, que ahora resulta chocante en esta era tras el #MeToo y la revolución de la salud mental”. Aunque el documental está acotado por el movimiento #FreeBritney, la reevaluación de la carrera de Spears que hace Stak supone ver más de cerca a los medios, los amigos o la familia, que fallaron a la cantante una y otra vez. Todos ellos, desde Justin Timberlake hasta la presentadora Diane Sawyer, cargan con parte de la culpa del huracán mediático que rodeó a su colapso mental en público de 2007, y a la tutela judicial que se estableció tras aquel incidente.

El año siguiente llegó el documental ganador del Oscar, Yo, Tonya, que junto a otros dos documentales reformulaba la historia de la patinadora Tonya Harding. En 2014, la periodista Sarah Marshall escribió un artículo de tremendo alcance para la revistaThe Believer, sobre Harding y Nancy Kerrigan, titulado: “Mando a distancia: Tonya Harding, Nancy Kerrigan, y el espectáculo del poder femenino y el dolor”. Cinco años despúes Marshal y el presentador Michael Host revisitaron esa misma historia en su popular podcast You’re Wrong About [No tienes razón en esto], en el que el dúo se dedica a desmentir grandes relatos mediáticos y narrativas sobre famosos que hemos llegado a aceptar equivocadamente como si fuesen ciertas. Últimamente han dedicado más episodios a mujeres, incluyendo a Marcia Clark, Courtney Love, o Jessica Simpson. Y sus episodios más populares, según Marshall, son los cinco que dedicaron recientemente a la princesa Diana con motivo de la cuarta temporada de The Crown, enfocada en la princesa. A todas estas personas las llaman colectivamente “las mujeres difamadas de los 90”. Marshall cuenta que es “un poco nuestro formato más agradecido”. Aunque, ¿el tema que más le han pedido hasta ahora? Britney Spears.

“Recuerdo estar muy resentida con Britney Spears porque, ya sabes, era muy consciente del hecho de que era un producto que me estaban vendiendo un puñado de hombres desde alguna sala de reuniones”, explica Marshall, que tenía unos 10 años cuando salió el primer single de Britney …Baby One More Time. Es decir, era casi exactamente el público objetivo al que se dirigía la canción, según Framing Britney Spears.

Aunque Stark rechaza (y su documental también) el argumento de que Spears no era más que un producto prefabricado, también tuvo una tensa relación con el fenómeno Spears: “Mi opinión de Britney, hoy completamente equivocada, era que ella era la adolescente ideal que jamás podríamos llegar a ser. ¿De dónde venía esa idea? Ella ha sido bastante rebelde durante toda su carrera. ¿Por qué tenía yo esos sentimientos negativos, esos celos hacia ella cuando Britney no estaba vendiendo esa imagen en absoluto?”

En su podcast, Mashall a menudo comenta la idea de que las figuras públicas, normalmente mujeres, son los únicos objetivos visibles con los que podemos desahogarnos aunque, en realidad, lo que realmente merece nuestro desdén son las estructuras sistémicas del capitalismo. Marshall se ha dado cuenta de que empatizar con la gente a la que hemos juzgado mal en el pasado implica empatizar con la persona que fuimos. “No es culpa tuya, Te han mentido abiertamente una y otra vez. Y sin oposicón, podría añadir. No había otras voces para compensar, no había foros de discusión que pudieran darte perspectiva como los que tenemos hoy en dia. No teníamos herramientas suficientes y se nos pedía machacar a alguien y, o bien lo consentíamos o bien asumíamos que estábamos frrente a otra invención frívola de los tabloides”.

Pese a la obsesión con la corrección política que dominó el discurso de los 90, aquella década era en realidad bastante mezquina. Desde el auge de los tabloides hasta los artefactos culturales que han sobrevivido hasta hoy. “Friends es una serie bastante ruin, y lo digo como alguien que creción viéndola y que le encantaba”, explica Marshall. “Hay tantos chistes que, al menos en las primeras temporadas, son sólamente: fulanito es gay, menganita está gorda, Joey es imbécil. ¿A santo de qué? Me pregunto si vivir aquella etapa extraña de prosperidad volvió a la gente un poco irracional”.

Los 90 también albergaron una nueva era de famoseo, en la que hordas de paparazzi recorrían las calles en busca de la foto menos favorecedora y más invasiva posible para vestir las portadas de las nuevas revistas del corazón de la época. Britney Spears empezó a finales de esa década, y sus colegas generacionales (Lindsay Lohan, Paris Hilton, Jessica Simpson) se forjeron durante la breve y descontrolada explosión de los blos de cotilleos online con los que empezó el nuevo siglo.

Jessica Morgan y Heather Cocks fundaron en 2004 el ingenioso y sarcástico blog de moda celeb Go Fug Yourself. Y, para 2005, la revista Time ya lo había nombrado una de las 50 webs más cool. Son sólo un ejemplo de un estallido en el que también vieron la luz figuras más despiadadas como Perez Hilton. El fandom de Morgan and Cocks, llamado Fug Nation, siempre apreció el ingenio frente a la mala uva. Pero incluso así, contaba Cocks, había mucho de lo que escribieron en aquellos primeros años que hoy desearían no haber escrito nunca.

“Suena a excusa barata, pero en 2004 Internet era el Salvaje Oeste”, nox cuenta Cocks. “Si la gente más cercana a nosotras nos daba buen feedback, entonces nos decíamos ‘vale, tenemos que seguir en esta línea’. Estábamos en la veintena y no nos preocupábamos por nada. Esa madurez la tuvimos que buscar con los años. Pero hoy desearía haber hecho las cosas de otra forma”.

Internet no sólo permitía publicar sin límite de caracteres, también sin supervisión editorial. “Podías poner tantas fotos como te diese la gana”, cuenta Cocks. “Podías hacer una publicación diaria sobre Britney Spears si te apetecía. La gente todavía estaba pensando cómo gestionar los espacios en internet, cómo llenarlos… Y lo que en realidad hacíamos era dar de comer a los paparazzi”.

Es algo que Stark explora en Framing Britney Spears: la relación entre los paparazzi y sus objetivos famosos, una que nunca ha sido simple ni directa. En el mejor de los casos, la persona famosa y sus publicistas comparten una relación laboral, en la que alguien como Spears puede apañar que le saquen ciertas fotos para elevar su perfil público. Es una relación simbiótica que la familia Kardashian ha elevado a la categoría de arte. En aquellos días primigenios, cuenta Jessica Morgan, “todo el famoseo en su conjunto todavía se estaba haciendo a la idea de que esto ya no iba de sacar tu foto en la revista People. Hay todo un mercado para esto y quieren más y más y más. De golpe, ya no es que no tengas intimidad: es que estás sobreexpuesta”.

Ese “mercado” que quiere más y más somos nosotros en este caso: los lectores y los espectadores que hicieron que este nuevo apaño funcionase, aparentemente, para todas las partes implicadas. Pero cualquier que haya visto Framing Britney Spears sabe que hay una diferencia entre ir clicando imágenes estáticas de Spears y poder escuchar el contexto en el que se tomaron. Stark ha sacado gran parte del metraje de paparazzis del documental de Daniel Ramos, un paparazzo al que también se entrevista en el documental. En ese metraje se puede escuchar a una asustada Britney y a una pariente lejana implorando que las dejen en paz en el momento justo antes de que Ramos sacase la infame foto de Britney blandiendo un paraguas de forma amenazante.

“Ese vídeo permite ver lo que pasa más allá de la foto”, dice Star. “Tenemos una noción de lo que es el consentimiento, ¿no? ¿Y aquí Britney está dando su consentimiento a algo? Estos son los momentos en los que no da su consentimiento a que le saquen fotos y saquen dinero con ello”.

Cocks y Morgan están de acuerdo en que 2007, el año en el que Spears se afeitó la cabeza, fue el apogeo del frenesí de los blogs de cotis. “Creo que la cumbre del cotilleo online fue más o menos cuando lo de Britney y el paraguas y los de los pantalones con coca de Lindsay Lohan [que puso como excusa que ese día llevaba unos vaqueros prestados] al mismo tiempo que todos los blogueros aprendían sobre la marcha los límites de la responsabilidad”, dice Cocks. Esos límites difusos del consentimiento, a menudo violados por los paparazzi y, a su vez, por aquellos de nosotros que nos atiborrábamos de esas fotos, se volvieron todavía más confusos con el auge simultáneo de los realities. Con Paris, Nicole, Britney, Lindsay y las Kardashians alimentando con (e invitando al público a adentrarse en) una versión controladísima de sus vidas. Pero cuando Britney agarró aquel cortapelo y se distanció en público de la chavala rubia mascachicle que llevaba siendo desde los 15 años, algo cambió para mucho, incluyendo a Cocks y Morgan.

“Heather y yo nos dimos cuenta de que lo que estaba pasando con Britney era bastante más serio que el look que llevase ese día, y que no molaría nada ni sería divertido seguir posteando cosas sobre ella”, cuenta Morgan. Fue el punto de inflexión para su blog, que sigue siendo tan popular y querido como siempre. “Usamos eso para avanzar. Nunca sabes qué es lo que está pasando más allá de las cámaras. Respecto a Britney, y luego respecto a otras cuantas personas más, decidimos que era obvio que sus problemas eran bastante más serios que su estilismo. Así que decidimos dejarlo pasar”.

Un años después del momento paraguas, la popularidad de Twitter había estallado, y los blogs de cotilleos empezaron a decaer frente al ascenso de las redes sociales. La exposición directa a un cantante o actor favoritos a través de sus perfiles de Twitter o Instagram elimina al intermediario: blogueros y paparazzis (a ver, obviamente no del todo: ahí está Ben Affleck).

En teoría, las redes sociales ofrecen a las celebrities la oportunidad de recuperar el control. Y, como muestra Framing Britney Spears, es lo que ha hecho Britney, compartiendo vídeos en los que sale ella haciendo el tonto con sus hijos o pintando una acuarela en su jardín. “Quiere que la vean”, afirma Stark. “En estos vídeos se puede ver a Britney desde su perspectiva, como si estuviera al otro lado del teléfono y pudieses oírla riendo o cantando el Cumpleaños Feliz a sus hijos. Cómo se muestra como madre es algo totalmente distinto a lo que puedes ver de ella en cualquier otro medio. Y creo que es tan conmovedor”.

Ese ápice de control puede, al menos, suponer algo de alivio a Spears. Pero Cocks y Morgan no están del todo seguras de que las redes sociales hayan solucionado el problema. Morgan opina que “ creo que el hecho de que las celebrities sean tan accesibles en las redes sociales es potencialmente algo perjudicial. Porque, si eres una chica de 17 años, no necesitas tener a todo el mundo opinando sobre tus cosas”.

La intensidad de los comentarios en los Instagram de los famosos, como señala Morgan, sugiere que el vínculo posesivo y emocional entre fans y famosos quizás sólo se haya intensificado. Y la percepción que sale de ese vínculo es, por supuesto, el motor primario del movimiento #FreeBritney que, como analiza Framing Britney Spears puede que haya jugado cierto papel a la hora de inclinar la balanza del lado de Britney en su batalla judicial para recuperar el control de su propia vida. La culpa y la vergüenza ampliamente extendidas surgidas de reconocer nuestra implicación pasiva (o activa) en arruinar la vida de estas mujeres se ha transformado, para algunos, en una empatía casi radical (una empatía a veces tan intensa que vemos a mujeres difamadas donde no las hay: si a Melania Trump le da igual, ¿por qué debería importarte a ti?).

Al mismo tiempo, nuestro concepto de los famosos se ha vuelto algo mucho menos remoto. Las superestrellas intocables son muy escasas en nuestros días, mientras que casi cualquiera tiene la oportunidad de acariciar la fama al volverse “viral”, ya sea con un buen chiste, una foto ingeniosa, o un baile pegadizo en TikTok. Y aunque para la mayor parte de nosotros es probable que nunca conozcamos de primera mano la pesadilla que es verse perseguida por los paparazzi a todas horas, sí que estamos más cerca del linchamiento en redes, en estos tiempos en los que un chiste ofensivo o desconsiderado en Twitter puede dejarte sin trabajo. ¿Somos ahora más propensos a pedir perdón por nuestros pecados pasados hacia los famosos y dudamos más a la hora de lanzarnos al oprobio porque sabemos, en parte, que podríamos ser los siguientes?

Tal vez. Y, de ser así, Spears es el pararrayos perfecto para todo lo que tenga que ver con el oprobio y la sobreidentificación. Siempre, desde los inicios de su carrera, se ha posicionado como una persona con los pies en el suelo. Tu hermana mayor, o la chica que más mola del curso de los mayores. Como dice Stark, es la razón por la que no vemos la historia de Spears como la de una famosa. El ciclo de elevar a alguien, derribarlo, y luego pedir perdón ya no es algo que sólo le pase a la gente famosa rica y blanca: “De hecho, creo que en realidad es una documental sobre cómo tratamos a las mujeres. A todas las mujeres”.

Stark lamenta que el documental no incluyese la parte en la que el fandom de Britney de hecho creció todavía más después de 2007: “La gente que la vio tan vulnerable –el público LGTBQ o la gente que ha sufrido abuso escolar o ha sido marginada se volvieron fans acérrimos de Spears. Tenían una conexión con ella, que había sido tan criticada y juzgada por ser quién era como les había pasado a ellos”.

Si podemos ser amables con Britney y con Marcia y con Tonya, entonces también podemos serlo con nosotros mismos. Es el don de esta época de ajustar cuentas con el pasado. “Creo”, dice Sarah Marshall, “que nos estamos volviendo mejores”.

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