¿Qué dice Woody Allen de Penélope Cruz y Javier Bardem en sus memorias?

Desde que se publicó el 23 de marzo A propósito de nada, el libro de memorias de Woody Allen se ha convertido en objeto de comentarios y polémicas. El grupo editorial Hachette decidió a última hora no lanzarlo al mercado. Antes habían rechazado ese manuscrito todas las grandes editoriales. Nadie quería hacer frente a la presión liderada por Ronan Farrow, hijo del cineasta y la actriz Mia Farrow, que ha adquirido en los últimos tiempos una gran notoriedad e influencia gracias a sus reportajes denunciando los abusos del productor Harvey Weinstein a decenas de mujeres.

Como es conocido, Ronan sostiene que su padre abusó sexualmente de su hermana Dylan, hija adoptiva de la pareja Allen-Farrow, cuando esta tenía 7 años. Unas acusaciones que la justicia estadounidense ya desestimó en su día, pero que cada cierto tiempo vuelven a surgir. Gracias a la ola de simpatías y gratitud por su trabajo en el caso Weinstein, Ronan motivó que muchos actores y actrices hicieran propio su relato de los hechos. Algunos de ellos se arrepintieron públicamente de haber trabajado con el director de ‘Annie Hall’ o ‘Manhattan’. Ellen Page, Greta Gerwig o Timothée Chalamet dieron el equivalente a los sueldos en los filmes que les dirigió Allen a asociaciones surgidas con el #MeToo.

Publicado bajo el amparo de la modesta Arcade Publishing –en España lo editará Alianza en mayo–, en A propósito de nada Woody Allen aborda de una manera frontal los aspectos más controvertidos de su vida. Sobre el caso que le convirtió en un monstruo ante la opinión pública, la explica como la venganza obsesiva de Mia Farrow, dolida tras descubrir que mantenía una relación con Soon Yi Previn, hija adoptiva de su anterior matrimonio. A Ronan, que asegura que fue objeto de un lavado de cerebro por parte de su madre desde que era un bebé, le atribuye el papel de continuador de la persecución. De hecho, le señala como una creación diabólica de Mia; fue ella quien decidió someter a Ronan siendo un adolescente a una complicada cirugía en las piernas para que fuera más alto.

Woody Allen tampoco ha obviado en A propósito de nada cómo esa campaña de desprestigio le ha afectado. Aparentemente, no guarda ningún rencor a los actores y actrices que le han negado. También entiende que algunos de ellos hayan sucumbido a la presión ejercida por Ronan Farrow y otros líderes de opinión. Muy revelador es cómo Timothée Chalamet le hizo llegar a través de terceros su inquietud: si no decía que renegaba de Allen, corría el riesgo de no ganar el Óscar que finalmente obtuvo por su trabajo en Call me by your name.

Leyendo sus memorias, no da la sensación de que el director esté especialmente dolido ni sorprenddido. Citando a la escritora Lillian Hellman, víctima de las listas negras del senador McCarthy en los años 40 y 50, habla de una nueva caza de brujas en Hollywood. De hecho, dedica buena parte del libro a agradecer que actores y actrices hayan salido en una defensa que nunca ha pedido. Se refiere a estrellas que se arriesgaron a quedar señalados, como Scarlett Johansson, Alec Baldwin o el español Javier Bardem, del que dice “fue muy directo y criticó con rabia lo que llamó un linchamiento público”.

Al recordar el rodaje de Vicky Cristina Barcelona, citando el reparto de la película que llevó al director a filmar en la capital catalana y en Oviedo, Woody Allen describe a Javier Bardem como “uno de los mejores actores de cine” de la actualidad. También alaba el trabajo en la película de Penélope Cruz –”uno de los seres humanos más sexy sobre la faz de la tierra”, asegura– y asegura que “emparejarla con Scarlett [Johansson] hizo que la valencia erótica de cada mujer se elevase al cubo”. El cineasta bromea además sobre la calificación por edades que obtuvo la película por las escenas de sexo que compartían: “Queríamos que fuera para mayores de 18 años, pero el comité la consideró para todos los públicos porque opinaban que el sexo entre las dos mujeres se había tratado con buen gusto. La única vez en mi vida que me acusan de tener buen gusto resultó ser perjudicial para nuestra recaudación”.

En A propósito de nada Woody Allen encuentra tiempo y espacio para hablar también de su negativa inicial a recibir el Premio Príncipe de Asturias en 2002, el asombro que le produce tener una estatua en Oviedo –“no importa cuántas veces las repongan, alguien siempre me roba las gafas”, da testimonio– e incluso menciona la ocasión en la que los entonces príncipes Felipe y Letizia fueron a cenar a su apartamento en la calle 92 de Nueva York. Sus memorias concluyen en San Sebastián, la ciudad que ha sido escenario de su última película, Rifkin´s Festival, que estrenará previsiblemente en otoño de este año. Relata los problemas que ha tenido para encontrar actores y actrices que estuvieran dispuestos a trabajar con él. “Algunos me dicen: “he estado toda mi vida esperando esta llamada y ahora no puedo aceptar el trabajo”. Aunque ironiza con el tipo de apoyo que habría esperado recibir después de décadas como miembro de la comunidad artística –manifestaciones de adhesión, masas enfurecidas, pancartas a su favor, etcétera–, de sus palabras no se desprende más que cierta resignación. La misma con la que se refiere a lo difícil que resulta, cada vez más, hacer una buena película, algo que compara con sortear un terreno repleto de “minas explosivas”. “Al margen del pequeño presupuesto habitual, ahora hay también una escasez de intérpretes dispuestos a ver afectada su carrera por mezclarse con una una personalidad tóxica”. Entre estos valientes, Allen sabe que puede seguir contando con Javier Bardem y Penélope Cruz.

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