Sin subtítulos

Tener sexo con alguien con quien no tienes nada que ver es relativamente fácil, al menos para mí. Tener una conversación intrascendente (o trascendente) o charlar de cualquier cosa mientras paseas por la calle, sentirte capaz de hablar por hablar, eso me ha costado siempre mucho más. Es tan difícil como estar en silencio sin que ninguno de los dos se sienta incómodo. Es algo íntimo y revela mucha más conexión que el puro sexo.

En la -poco activa sexualmente- época en la que me relacionaba con djs, tuve una corta relación con uno al que me gustaba “torturar” de este modo: me callaba y dejaba pasar los minutos, le miraba de vez en cuando como esperando que él dijera algo, pero sin abrir la boca. Veía cómo cada vez se iba poniendo más nervioso, al pensar que yo “me aburría”, porque no sabía con qué llenar ese espacio. Sí, a ver si os creéis que soy Bambi: también tengo mi lado cruel. Era mi manera de “vengarme”: si él no tenía interés en follarme; yo no tenía interés en darle conversación. Él se sentía inculto; yo me subía por las paredes. En el fondo, perdía yo, porque su sufrimiento desaparecía cuando yo no estaba, y a mí el mío me perseguía a todas horas (¿por qué? ¿no soy atractiva? ¿no estoy buena? ¿soy un desastre en la cama?). Cuando terminó la historia (me dejó él, no comments) el saldo quedó a su favor: se fue dejándome la autoestima por los suelos y debiéndome pasta. La autoestima la recuperé pronto. La pasta aún estoy esperando…

Después me enteré que este comportamiento era habitual en todas sus relaciones: quería a las novias como a las maletas de vinilos, para lucirlas, aunque a los vinilos sí los tocaba, faltaría más. El nulo sexo era con todas. Si el resto de damnificadas emocionalmente me están leyendo: hijas de mi vida, qué tontas somos a veces, que nos empeñamos en gente que es obvio que NO.

Si antes de la pandemia ya era complicado conocer a alguien fuera de las redes sociales, ahora resulta prácticamente imposible. Si es que no hay ni dónde. Y si conoces a alguien va con la mascarilla puesta, como El Zorro, Batman o Spiderman, pero en disléxico y con mucho menos glamour.

Y aunque parezca que es más fácil establecer una conexión con alguien a quien no tienes delante, que a través de mensajes podemos ser una persona mucho más lista, ingeniosa o divertida de lo que lo somos en directo (el 99% de las tuitstar, os lo aseguro), esa preciosa conexión muchas veces se va al carajo de repente, sin saber por qué.

“Yo quiero gente a la que no tenga que subtitular”, me comentaba el otro día una amiga, harta de tener que adivinar si cuando X le decía algo le estaba insinuando que le gustaba o que quería quedar, o simplemente estaba charlando, y saber qué había dicho para que de repente se esfumara. Interpretar un mensaje es a veces trabajo de criptógrafo, porque los mensajes de WhatsApp no tienen tono, y sin ver la cara del interlocutor los interpretamos mal muchas veces. Se solucionaría si fuéramos más sinceros, es verdad, pero todos vendemos un producto (nosotros mismos) y queremos que nos lo compren a toda costa.

Nota: lo de esfumarse es un mal comportamiento habitual. No os hagáis mala sangre: si desaparecen es que han encontrado una “oferta” mejor o más accesible. No tiene nada que ver con vuestras cualidades.

Así que estamos inmersos en un paradigma dentro de otro paradigma: las relaciones, ya de por sí complicadas, encontradas en una red social o en una aplicación, en medio de una pandemia, sin posibilidad de acercamiento real hasta que estemos vacunados (mira, hacedme el favor de no ser imprudentes, que os caneo), y con un futuro que es como un día de niebla espesa: no se ve más allá de 5 metros.

Ayer, viendo con mi hijo un capítulo de Love Life (HBO), en el que hablaban sobre encadenar citas de mierda una tras otra, él comentó que “si tienes muchas citas de mierda la solución es sencilla”. Le miré, expectante. Me dijo “deja de tener esas citas”. Tiene 12 años. Ahora su sabiduría se basa en la lógica más simple (que lo mismo deberíamos recuperar). Ya veremos cuando le llegue la pubertad y le nuble la razón… Criaturita.

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