Tele mala, nevera llena, un animal con quien hablar (y a quien cuidar)… Marta D. Riezu comparte las 10 cosas que le harán feliz este verano (a ella… Y a usted)

Quienes seguimos a Marta D. Riezu, ya sea a través de sus artículos, algunos en esta revista, o de su cuenta de Instagram, llevábamos tiempo preguntándonos para cuándo un libro que recogiera sus reflexiones, consejos y ocurrencias. Afortunadamente una editorial con muy buen ojo, Terranova, ha atendido nuestras plegarias. El resultado es "Agua y jabón. "Se llama así por Cecil Beaton. Le preguntaron qué era la elegancia, y él contestó eso: ‘soap and water’. Lo escribí en formato de notas porque los libros de apuntes me gustan, se parecen a como pensamos: a trompicones, saltando entre temas. A eso que me fascina le llamé elegancia involuntaria, pero tiene mil nombres más: gracia, carisma, duende, encanto, finura. Esa belleza de lo no explícito. Es lo que creo que nos enamora de las personas y los lugares. La elegancia involuntaria reúne el estímulo intelectual y la conexión emocional", comenta la autora, para quien "lo cotidiano siempre es elegante: los bibliotecarios, los paseos de sobremesa, las pastelerías, comer fruta directamente del árbol, el Cristo de los Faroles, los actores secundarios, Sargadelos, barrer nuestro trozo de calle, los gorriones, las cerillas, las ollas de cobre".

La publicación de Agua y jabón, cuya lectura les recomendamos encarecidamente, nos ha brindado además la excusa perfecta -que tampoco es que hiciese mucha falta, pero vaya- para hablar con Marta y pedirle que comparta las diez cosas que le harán feliz este verano. Que, por cierto, ella va a pasar "trabajando. Y, si todo va bien, ya me iré en diciembre. Tengo decidido viajar mucho menos, dar menos por saco a los pobres vecinos de otros países". Con lo que viene a continuación, ni falta que le hace.

– Una mesa puesta como Dios manda. La imagen definitiva de derrota moral es comer en el sofá con el tupper en las manos (y la tele puesta) o, como vi una vez, directamente de la bandeja de plástico del súper. Ese gesto es decir al mundo: he fracasado y lo siguiente es desplazarme a cuatro patas. La civilización está en el ritual; preparar los cubiertos, las servilletas de lino, el pan… Me gustan los platos de cerámica del Empordà y los vasos de vidrio normales, no entiendo esos de plástico de colores de bar moderno. Casa Cabanavende unos jarroncillos de cristal pintados a mano que me gusta usar para el agua fresca. Tengo un mantel de Lisa Corti que es la alegría de mi vida.

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—Un backgammon, para sacar unos cuartos a los amigos. Luego con las ganancias se les compra un ramo de girasoles.

—La cara lavada. Me intriga mucho la afición al maquillaje que tiene la parroquia instagramera. Si sirve para autoafirmarse y/o encontrar la propia identidad, estupendo, pero sigo pensando que es una faena para la piel. Yo dejé de maquillarme hace un tiempo y no lo ha notado nadie. Pensamos que nos miran mucho, pero nadie se fija. Tengo el lavabo lleno de cremas. Siempre compro en JC Apotecari, me fío a ciegas de su criterio: Tata Harper, Susanne Kaufmann, Twelve, Kypris. Cuando Tata Harper empezaba con su negocio viajaba ella misma a hacer los faciales a Barcelona, a todas las ciudades. ¡Ella! Como si viniera Estée Lauder a alisarte el entrecejo. Me impresionó su ética del trabajo.

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—Ir descalzo todo el día. Y antes de ir a dormir, dedicar un rato de calma a lavarse los pies, ese momento entre bíblico y grosero. Solo uso zapatos (mis mocasines de rafia) cuando salgo a la mañana un momento a la plaza a comprar.

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—Una planta preferida. Un jardinero quiere a todas por igual, pero siempre tiene una debilidad vegetal; la mía es mi olivo joven. En primavera pilló la cochinilla algodonosa, a traición, se llenó de bichines en dos días. Fui a por ellos como si fueran los jemeres rojos.

—Una camisa de la suerte. La que llevas puesta cuando sales una mañana a comprar detergente pero te encuentras a un amigo, vas a comer con él, a la tarde llamáis a otras personas, una de ellas te regala algo, cogéis un taxi a no sé dónde y la cosa se acaba enredando para bien. Es el día que más ligas, y eso que vas zarrapastroso. Esa camisa pasa a quedar magnetizada de prosperidad. Mis preferidas son las de Après Ski, que se hacen a mano con tejidos vintage únicos.

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—Tele mala. Me encanta la tele mala, me salvó el confinamiento. Nunca me hice de ninguna plataforma pensando que arruinaría mis planes de trabajo, pero he visto que no puedo huir de la tentación. Ahora en vez de perder tiempo con buen cine pierdo tiempo con bodrios. La tele mala no es (mi adorada) Telecinco, que cuenta con buenos profesionales y presupuestos. No: la tele mala es la cutre de verdad, la que compra lotes de tv movies alemanas, repite series y emite mil variantes de un filón. Por ejemplo, ven que los asesinatos funcionan, pues repiten la fórmula hasta el infinito, siempre con dramatizaciones teatreras y narradas en primera persona por el difunto: Mi Jefe Acabó Conmigo, Cuñados Enfrentados, Vecinas Peligrosas, Padre y Asesino en Serie, etc. Esos saldos me han enseñado muchas cosas sobre la naturaleza humana.

—La nevera llena. Me gusta que siempre haya agua con gas, queso, sidra, mayonesa cerda y barata, cerezas si es temporada, limas, alguna hierba aromática, mostaza, piñones, la mermelada que me regalan mis tíos, kefir, la mantequilla cántabra de La Sierra.

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—Libros y música. O libros sobre música. Los de jazz de Ted Gioia publicados por Turner (Gioia empezó a dar clases de música en Stanford incluso antes de licenciarse), Filosofía y consuelo de la música de Ramón Andrés (Ed. Acantilado) y Música. Cinco puntos para hacer explotar un corazón, de Maitane Beaumont (Cultura Temporal).

—Un animal con quien hablar y a quien cuidar (la pareja no cuenta). En mi familia hemos tenido de todo, hasta un polluelo de halcón. He hecho el censo mental de todos los pájaros del barrio. Mi preferido es un mirlo que madruga tanto como yo y me mira desde el tendedero. Le gustan los frutales y me libra de las orugas. Tiene una firma sonora propia, busca la afinación y experimenta. Yo le “contesto” silbando flojito y él me sigue. Los vecinos deben creer que soy idiota.

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