Todas las casas en las que vivirás

Ilustración columna Alberto Moreno

El martes acudí a una producción cuyas fotos saldrán el número que viene. El entorno elegido era en un palacio a las afueras de Madrid con las paredes tan frías que, llegado un momento, el redactor encargado de hacer la entrevista y yo tuvimos que salir a una de las balconadas a que nos diera el sol. Podríamos haber mantenido una de esas irrelevantes conversaciones de ascensor que reconfortan. Una del tipo:

-Qué sol hace hoy.
-Pues sí.
-Pues sí.

No conviene mirar por encima del hombro a esas charlitas que nos hacen parar dos minutos y pensar en conceptos pequeños y abstractos, recalibrar nuestra posición en el universo, comprobar que el agua no cubre y seguir adelante. Yo digo que sin esos microscópicos chit-chats de cortesía el mundo sería un infierno. Sin embargo, el coloquio se puso intenso, la cosa fue a mayores. Él me contó que estaba pensando si cambiarse de piso y yo le dije que estaba contento con el mío. Por un arte extraño que me pareció como de brujería, pero que algunos solo llaman memoria, Eduardo me preguntó: "Tú hace más o menos un año que vives en la nueva casa a la que te mudaste, ¿verdad?". Y yo, que debí de poner los ojos al revés y empecé a contar con los dedos, giré la cabeza hacia él a los tres segundos, sonreí como quien saborea un helado de vainilla por primera vez y respondí con cara de lelo: "Sí, hace justo un año. Hoy hace justo un año que me instalé". Fue una casualidad salvaje que tuviéramos aquella conversación inopinada y que él clavara un hecho tan improbable, siendo testigo y a la vez notario de mis designios incluso con más precisión que yo.

"Creo que ésta es la buena", proseguí. "Después de ocho mudanzas en 10 años me apetece parar". Dije ocho como podría haber dicho 6 o 9. No tenía una noción precisa de aquello porque nunca me había parado a contarlas —y lo clavé, como después repasaría—. Sí sé que en el momento de confesarme me parecieron muchas. Como todo lo que rodea a las serendipias, me acordé inmediatamente de Paul Auster, que, casualidades de la vida, publicó en 2012 una autobiografía titulada Diario de invierno, en la que básicamente hacía recuento de las 21 casas donde había vivido con las circunstancias y memorias que rodearon a aquellos cambios explicados de manera quirúrgica. Cuando escribió aquel relato en 2012, Auster tenía 64 años, y si yo sumo las anteriores residencias en que me establecí solo llego a 10; es decir, me mudé el cuadruple de veces más de los 30 a los 40 que desde que nací hasta los 30.

Hay mucha gente que critica al escritor porque lleva 34 años haciendo el mismo libro, pero quien explore su literatura sabrá que eso no es cierto, que siempre hay portales para la catarsis explicados desde distintos prismas. Puede que sus tramas se confundan porque el protagonista suele parecerse (o sospechamos que se parece) a él. Lo mismo nos pasa con Woody Allen. Ambos tienen en común Nueva York, su condición de judíos, su profundo sentido de la introspección y que gustan más en Europa que en su tierra. Aún así, dudo mucho si recomendar Diario de invierno a un no acérrimo del de Brooklyn. Hay 20 novelas que le hacen más justicia, pero su verbo aquí es seco, cálido y robusto, como siempre. Y habla consigo mismo como los órganos de Jack a su anfitrión en los relatos de revista que leía el narrador de El club de la lucha. Diario de invierno es un ensayo de capricho, un artefacto curioso. El libro por el que solo yo le recordaré.

Hubo un momento de mi trayectoria profesional en el que pude elegir entre ser periodista o estudioso de su obra, con una tesina ya aprobada que llevaría por título "Claves del éxito de la literatura de Paul Auster en el mercado español", pero me becaron para un máster y ese camino se cerró. Igual que aquella ocasión en la que Paul Benjamin coge una llamada que no es para él en La ciudad de cristal y acepta una misión como detective sin ser él nada de eso.

La sucesión de todas mis mudanzas tuvo que ver siempre con amor y con desamor. Por amor me trasladé a casas que no me encantaban y por desamor me moví corriendo a otras aún más desvencijadas a lamerme las heridas. En una de ellas, con menos luz que un sótano y presa de la tristeza extrema, no aguanté ni dos meses. Otra de tamaño single acogió a dos parejas distintas en un acto que considero poco recomendable. Si compartes techo y corazón con alguien es mejor empezar el proyecto de cero y sin recuerdos. El más pequeño de mis apartamentos fue sucedido por el más grande, y es que había un bebé en camino. Él, que habría cabido en cualquier armario, de repente parecía necesitar 70 metros cuadrados extra. Setenta metros anegados de sonajeros, peluches, cocinitas, pañales y montones de ítems de alto precio y corta utilidad.

Tuve mudanzas descacharradas, algunas las hice con la fuerza de mis brazos y otras —las últimas— requirieron ayuda profesional —soy incapaz de tirar casi nada—. Unas pidieron siete viajes con el coche lleno hasta los topes y las dos primeras las hice con mi padre, que tuteló el proceso descargándome de responsabilidad. Era capaz de organizar el maletero como un tetris perfecto. En la que me llevó del hogar familiar a mi primer cubículo en Malasaña me crucé con una chica que después pasaría a ser uno de mis pilares. La conocía de vista, de haber coincidido en una fiesta. Y cuando me vio cargado de bolsas de Ikea entre el coche y el portal se despidió diciendo: "Y ya sabes, si necesitas ayuda o cualquier cosa… tengo unos amigos que igual te pueden ayudar". Ahora soy padrino de su hija y la última vez que ella se mudó —a mi barrio actual—, acudí a dirigir algunas operaciones diciendo: "este cuadro lo veo muy bien ahí. Me pongo otro vino, ¿vale?". Mi hijo de tres años, que también se acercó a opinar, se llevó un flamenco de plástico de regalo que no les pegaba con nada. En todas las mudanzas conviene perder algo o si no no podrás quejarte.

Hay una cosa que me chifla por encima de todas las demás: el momento en que el último libro está colocado en el último estante, e históricamente no me ha llevado más de dos días conseguirlo. Una caja que no abres en una semana se convierte en mobiliario, así que soy capaz de pasarme la noche de la mudanza en vela si con ello he vaciado la última. Ahora es fácil porque viajo con muebles y puedo rellenarlos recién montados. Me dije que si no encontraba la casa de mis sueños —y nunca me he visto inclinado a comprar— al menos llevaría conmigo un pequeño ajuar que me representaría, así que voy abriendo sucursales de vida que se parecen a mi banco de confianza, siempre pulcro, siempre idéntico. Aquellos amigos que me han visitado en distintas épocas saltándose alguna de mis moradas y son citados en la presente observan el mismo contenido en distinto continente, como si te cambiaras los órganos de orden: el corazón donde los riñones, un pulmón donde el bazo.

Las mudanzas son cicatrices de vida. Nos definen, como las guerras que por suerte no nos ha tocado librar. En periodos como el que vivimos, un sofá puede ser diván y la cama, una trinchera en la que agazaparse tras un día duro. Dentro de nuestras posibilidades, conviene mudarse hasta dar con ese lugar en el mundo que te hará sentir a salvo. Hasta que encontremos un refugio seguro dentro de este siglo Jumanji, demasiado simétrico con respecto al anterior. Más allá de ese mueble de diseño del que nos sentimos orgullosos por invertir en él, más todos esos otros desechables que te visten la casa por mil euros y los imanes con destinos que pueblan nuestra nevera —ojalá imanes con la dirección de nuestras anteriores casas—, conviene una buena butaca en la que leer y ver cómo pasan las estaciones.

Siempre hay un momento que sabe a pura victoria y que bien vale todos los agobios logísticos y la inversión económica de cada muesca vital, y es ese en que contemplas con tu mejor amiga cómo el operario trata de conectar la fibra desesperándose porque “la instalación es una ruina” y “cómo lo pudo hacer tan mal el último que la puso”. Los cuchicheos y codazos cómplices mientras chocas la segunda cerveza, cada uno sentado en una caja, son esos chispazos que no podrás olvidar, mucho menos incluso que todos aquellos en que reíste o lloraste puertas adentro de ese hogar que hoy de nuevo te toca abandonar.

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