Volando voy

En ocasiones, como todos, sueño que vuelo. Algunas de esas veces lo recuerdo al despertar. O lo siento, incluso, mientras lo hago. Pero antes de volar levito. No como las vírgenes, sino como la niña de El Exorcista. Me elevo de la cama en paralelo y cuando cojo cierta altura, como los cazas en los portaviones, comienzo a inclinarme, a elevar el tronco, hasta que finalmente despego. Después sigo subiendo como un cohete y vuelo libre hasta que irrumpe el vértigo, porque no dejamos de ser nosotros del todo ni cuando soñamos, y empiezo a perder el control y a caer en picado. Trato de planear o de elevarme de nuevo y a veces lo consigo y otras, la mayoría, acabo estrellándome y despertando.

Es un sueño reincidente y placentero porque de alguna manera, aunque esté dormido, ya sé que es un sueño y que estrellarme es parte del mismo. A veces los sueños tienen eso, que sabes que vas a terminar estrellándote y aún así vuelas lo más alto que puedes, todo lo que te da el sueño hasta que aparece el vértigo. En otras ocasiones, aunque hace tiempo que no me sucede, he soñado que me robaban el barco. Nunca he tenido barco ni jamás he sabido pilotar uno. El del sueño ni siquiera es un gran barco, sino un pequeño velero con apenas espacio para mí. En el sueño llega alguien que no distingo en otra barca similar e intenta abordarme y cuando lo hace yo salto desde la mía, no sé bien si hacia el mar o hacia la suya, como si fuera un intercambio de rehenes. Una noche lo viví tanto que pegué un brinco y acabé, en una habitación con dos camas, en la otra. Caí, supongo, en la cubierta enemiga, despierto y a salvo pero fastidiado por no tener barco ni estar en el mar.

Este año dudo qué pedirle a los Reyes Magos. Me debato entre escribirles una carta diciéndoles que por favor me traigan por fin el barco con el que soñaba o, tras haber escuchado tantos anuncios alarmantes de alarmas en la radio, que me den primero la alarma para el barco que no tengo para que así no me lo puedan robar. La otra opción son unas alas nuevas, que sepan planear y resistan los vértigos, para no acabar estrellándome. Pero supongo que con ellas el sueño sería menos sueño.

David López Canales es periodista freelance colaborador de Vanity Fair y autor del libro ‘El traficante’. Puedes seguir sus historias en su Instagram y en su Twitter.

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