De las camisas blancas de Carolina Herrera a los pitillos negros de Kate Moss: las que mueven los hilos de la moda siempre visten igual

Dicen que tomamos unas 35.000 decisiones al día. Una de las primeras: qué me pongo. Quizá por ello quienes deciden cómo será el mundo el día de mañana necesiten aligerar sus pensamientos. Quizá por ello tantas personas con éxito visten siempre igual. Steve Jobs se hizo famoso con su jersey negro de cuello alto de Issey Miyake y sus zapatillas New Balance que llevaba a diario. Barack Obama solo lleva trajes azules o grises. Mark Zuckerberg se pone todos los días una camiseta gris de Brunello Cucinelli. Se trata de una estrategia para canalizar sus energías: al apegarse a una especie de uniforme evitan un fenómeno conocido como “fatiga de decisiones” que les lleva al desgaste. No es casualidad que estos tres ejemplos sean masculinos, al fin y al cabo los hombres parten con cierta ventaja cuando se trata de vestir para el poder. Lo que llama la atención es que también las mujeres poderosas de una industria tan a la moda como es, precisamente, la moda, se hayan creado una especie de uniforme que llevan décadas repitiendo. No nos referimos a cualquier recién llegada. Hablamos de posiciones tan consolidadas como Anna Wintour, Miuccia Prada, Carolina Herrera, Kate Moss o Phoebe Philo.

Ellas mejor que nadie sabrían conciliar las tendencias de temporada con un armario construido a lo largo de los años, así que esta decisión de vestir siempre igual no puede tratarse de economía de esfuerzo o de reducir presupuesto en imagen. En estas esferas, el poder de crear un uniforme es un tema de iconografía: llevar lo mismo (o la misma fórmula) todos los días es una manera de afirmar un estatus y una identidad, una forma muy efectiva de ser un personaje reconocible en el tiempo y único en el mundo. La ironía de todo ello es que son sus prendas clásicas y repetidas las que diferencian su look del resto, y que frente a ellas, todo aquel que viste de rabiosa tendencia resulta uniformado.

Anna Wintour: vestido floral + collar grande + gafas de sol

Basta echar un vistazo a lo alto de la pirámide para detectar que allí arriba repetir un atuendo (o mejor dicho, una fórmula) no es ningún tabú. No importa si acude a un desfile, preside una reunión en su despacho, asiste a un partido en Wimbledon o sale a la calle: la todopoderosa Anna Wintour siempre tira de la misma combinación. Un vestido con estampado de flores (preferiblemente con manga, escote cerrado y cubriendo la rodilla), un collar grande y vistoso, y unas gafas de sol son tan reconocibles en ella como su icónico corte de pelo (un bob con flequillo que, por cierto, pidió por primera vez cuando era adolescente a Leonard Lewis -conocido en Londres como Leonard de Mayfair-). Vestir siempre igual le ha fraguado una imagen de autoridad emblemática y del todo reconocible, inmutable con el paso de los años. “No utiliza la moda para abrumar a nadie”, dijo en una ocasión quien trabajó a su lado, la influyente Lauren Santo Domingo. Su look, desde luego, es absolutamente personal. Puede que sus decisiones nos hagan a muchas desear vestir de la misma manera pero Anna Wintour no se parece a nadie.

Miuccia Prada: falda + jersey

La artífice de la intelectualización de la moda contemporánea lleva más de 20 años poniéndose un repertorio de ropa que podríamos situar a medio camino entre la coleccionista de arte y una madre superiora. Prada, como firma, es culto y masiva a la vez gracias a su carga intelectual y su concepción del lujo discreto; Prada, la persona, es un equilibrio único entre la extravagancia y la normalidad casi tan influyente (¿o deberíamos decir más aún?) como la marca.

Tanto es así que el último look de sus colecciones no es el que cierra el desfile. El público espera con las mismas ganas la aparición de la diseñadora, que siempre saluda tímidamente al finalizar la presentación, y cuya imagen pone en la tierra la estética y la reflexión que siempre acompaña a sus propuestas. Su combo más repetido es el del sobrio jersey de punto o lana, sobre una falda plisada que cubre las rodillas. Pero Prada tiene más comodines recurrentes dentro del look internado, como las sandalias con calcetín (sí, fue ella quien las puso de moda hace un par de temporadas), el vestido camisero o la sobriedad de un polo abotonado hasta el cuello. Un importante matiz en el atuendo de Prada es que aunque sus prendas resulten básicas y frugales, nunca jamás son aburridas. ¿Cómo se explica, si no, que haya una cuenta en Instagram dedicada a elogiar los estilismos de una mujer que pasa los 70 años?

Kate Moss: pitillos negros + cualquier cosa

La antimodelo más famosa de la historia no tiene ni unas curvas de infarto ni un pasado repleto de cambios de imagen, como era habitual entre la generación de las primeras tops. Ni falta que le hizo. Si Kate Moss se consagró como la modelo más icónica de todas es precisamente porque trascendió su campo de acción, las pasarelas, para construir la iconografía del cambio de siglo. Y lo hizo poniéndose los mismos pantalones durante 30 años.

Hablamos, sí, del vaquero pitillo, preferiblemente de color negro, con corte a la cadera y largo al tobillo culpable de que varias generaciones de mujeres en todo el mundo mantengan una eterna búsqueda del pitillo negro perfecto porque han observado que jamás falla y que nunca pasa de moda. Siempre, siempre, se ve actual. Con un personalísimo ojo clínico para la mezcla, Kate lo ha convertido en un símbolo de su estilo bohemio y rock, y lo ha llevado de todas las maneras posibles. Con americana masculina, con chaqueta de flecos, con botas arrugadas en invierno y sandalias planas en verano. Si el pitillo negro le identifica tanto es, probablemente, por su carácter universal: es probablemente la única prenda que podía acompañarle del club a casa, de casa al club, de un desfile a un festival y de ahí a una reunión de trabajo, y parecer siempre adecuado.

Las gemelas Olsen: cualquier prenda negra en tamaño oversize + cualquier prenda negra en tamaño oversize

Las creadoras del nuevo lujo silencioso declinan su duplicidad en bucle. Desde que dejaron atrás su estatus de celebridades para trepar imparables a lo más alto de la moda “seria” han hecho de un único patrón su estilo personal. Su uniforme no gira alrededor de una pieza sino de una reconocible estética: prendas cuanto más amplias mejor, preferiblemente de color negro y superpuestas entre sí. Tal es su influencia que su manera de llevar las cosas se ha vuelto un adjetivo: su hablamos de un pantalón de corte masculino, a la cadera y a ras de suelo, diremos de él que es “muy Olsen”. Si queremos describir un vestido minimalista, negro, sobrio y también rozando los bajos, lo podemos calificar de “muy Olsen”. En definitiva, todo aquello que recuerde a su manera de vestir es una categoría de moda en sí misma. Ahí reside su iconografía. Convergen en algún punto entre lo atemporal y lo contemporáneo, la contención y la evidente clase.

Carolina Herrera: camisa blanca + falda lady

La diseñadora venezolana cuenta con dos grandes hitos: el de construir la imagen de la neoyorquina elegante desde un punto de vista contemporáneo, y el de ser reconocible en la prenda más sencilla, más clásica y más discreta que existe. La camisa blanca. Habitualmente combinada con una falda hiperfemenina y unos pendientes vistosos, la suya no es una camisa blanca cualquiera. Impoluta, planchadísima, con los hombros perfectamente encajados, las mangas recogidas al codo y el cuello alzado, todo el mundo piensa en Carolina Herrera cuando ve una camisa así.

La diseñadora, “no retirada” de su propia firma (en 2017 dejó la dirección creativa pero no la casa para desempeñar un papel que le viene a medida, el de embajadora global. de la elegancia atemporal y clásica) ha demostrado una capacidad infinita para reinventar la camisa blanca pero si eligió esta prenda y no otra para construir su leyenda fue por su carácter atemporal, porque siempre funciona y porque le hace sentir bien vestida.

Phoebe Philo: jersey de cashmere + pantalón de vestir + zapatillas blancas

El lujo pasado por una dosis de intelectualidad. Así podríamos definir el legado de Phoebe Philo, la única diseñadora viva elevada a religión si atendemos a la nostalgia que nunca cesa por su época al frente de la marca francesa Celine. Tal es su memorabilia que en Instagram existe una cuenta, @oldceline, dedicada a sus grandes hitos en aquella época (de 2008 a 2017), cuando la marca se escribía con tilde y ella diseñaba el armario al completo que toda mujer de éxito, intelectual y a partir de la treintena, querría llevar a diario. Sus pantalones de pinzas, sus americanas grandes, el nuevo significado que dio a los patrones oversize, la ausencia de logos, los colores neutros, las prendas básicas y de altísima calidad, su lejanía de las tendencias, sus abrigos pluscuamperfectos. Sus looks no eran lo último, eran clásicos que jamás pasarán de moda.

Pero si Philo ha trascendido ha sido por poner la comodidad y la clase en un mismo nivel. Ataviada siempre con un jersey de cashmere tan simple como lujoso y unos pantalones de vestir, cambió para siempre el mundo de la moda cuando salió a saludar al término de uno de sus desfiles con unas blancas Stan Smith a los pies. Desde aquel momento, la zapatilla blanca se convirtió en un icono del nuevo y confortable buen gusto.

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